miércoles, 30 de julio de 2014

Manada



Vengo de allá, donde el olvido desterrado vio nacer a la conciencia humana,
donde vio nacer a la gente.
En ese Preciso momento, cuando el contacto de las manos,
aún dejaba colgados a los metales preciosos y los actos canallas. 


Fuente de imagen: internet
Él llegó a tu vida hace casi ya cinco… Siempre lo esperabas al amanecer. Fingías dormir para sentir el mismo sabor de su piel en la tuya. Entonces te ausentabas. Sólo los aullidos te regresaban a casa. ¿Siempre lo esperabas al amanecer?

¡Huyo! ¡Busco las nubes azules! Subo y vuelo sobre la brisa que transforma lo que toca, sobre el punto medio, colocado, recreado en la sonrisa sin tiempo. Escucho la música, el tono del ambiente en manos de la conciencia  que intenta abrazarlo todo. Siento la marea que brota del centro del abismo. Engancharme al mundo de ilusión, de juguete, del animal asustado, agazapado entre las yemas de los dedos. Desplazarme entre los bosques de cuerpos y amar a la vida. Siento pasar sus fluidos entre mis piernas. Su tacto áspero, dejarlo que se introduzca bajo mi piel. Sólo siento su aliento, desafía a los años de la duda... de la fascinación... perder algo sin razón, de continuar en lo prohibido al filo de la vergüenza mil veces... en la misma existencia. ¡Qué entender por amor... significa arrodillarse, de cederle a la vida!, hilvanando los pies para hacerle al...

Ssssssssh, ¡LOS AULLIDOS DE LA NOCHE! ¡Estás afuera! Sólo una vez nos visitan.

Me veo colgada girando sin parar y el tiempo se detiene. ¿Cuántas veces puedo vivir una vida? Abraham, ¿el tiempo se detiene?
El final del curso se acer-c-a, ¡luce! ¡Ya ves! Cada día es lo mismo. Te lo he dicho tantas veces. Pero tú, sólo te levantas, te vistes, te miras al espejo como si nada. Comes, trabajas, duermes y luego, sólo te levantas. Mañana abrirás el diario y escribirás más líneas compuestas por grafías deformes, desesperadas en la inagotable ausencia, amortajadas con la misma tinta que escribes. ¿Estás lista? Recuerda ser mujer. No olvides pintarte los labios. ¡Acomoda tu cabello! ¡Mira esa cara! ¡Acaso no puedes arreglarte! Me pregunto si algún día podrás hacer algo bueno en la vida, algo que no sea sólo quejarte y poner esa cara de estúpida. ¿No sabes hacer otra cosa?... Termina de limpiar los fondos y subes para que limpie tu cabello. La noche está clara. Me gusta sentir el viento en espera de la luna, en espera de ti, de tu boca, de la muerte entre tus manos…

¿Exactamente cuál es el recuerdo más antiguo? Lo debiste guardar en alguna parte. Ya no llores. Tranquila..., ¿qué debes decirme?

Cuando niña, siempre me sentaba en el sillón de frente a la puerta para esperar a papá. Tía acostumbraba hacer la siesta después de comer. Había tres sillones, en el otro, el silencio nos acompañaba. Me daba por soñar. Recuerdo muy bien que empezaba por pegar fichas, una sobre otra hasta construir enormes rascacielos. Los ponía en las partes más altas del sombrero. Luego, inundaba las depresiones y jugaba con la perspectiva. Me sentía tan bien. Una vez que separaba mis naciones, coloreaba los ríos y los mares. Un tanto hedonista y otro tanto con alevosía repartía los nombres a la tierras. Fundaba ciudades y escribía poemas. Papá llegaba tarde y yo terminaba antes de que él nos llamara a la mesa para cenar.
No sé. Sólo un día apareció, sin previo aviso. Yo no lo sabía. Me despertó con su aullido y lo sigue haciendo desde entonces. Nunca lo he platicado con tía. Ahora ella ya no está, otra vez duerme. 

Dime, ¿sabías que ya era Abraham?

Sientes deslizarte sobre el agua cuando los labios te recorren en la locura absoluta. Apenas son algunos años. Quedarte en la cumbre solo, solo, conscientemente solo. Al abrir los ojos encontrarte en mí, entre mis brazos. Sin ruido... Ssssssssh, ¡pasó!, ahora navega entre los jazmines de la laguna. Puedo sentirlo llegar una y otra vez. Entra a casa... como en aquel día... la primera vez... guardo silencio para que no me vea. Deja su saco colgado en el mismo lugar, sobre la lámpara frente a la cama. Se detiene. Acecha. Y entonces aúlla. ¡Siento miedo!, ¡mucho miedo!... Me quedo inmóvil. Callo. Siento su mirada recorrerme. ¡No lo puedo ver pero sé que está ahí!, en alguna parte. ¡Puedo escucharlo! Siento sus pisadas sobre la alfombra llevándolo hasta mí. Envolviéndome en sus maletas llenas de lluvia, bailando desnuda sobre gigantescos agujeros negros hechos en el alma. ¡Me mira! ¡Creo que me mira!, ha girado la cabeza, ¡sus ojos me encontraron! ¡Me mira! ¡Me mira!...

¡Abraham! ¡Abraham! Ya viene papá.



Hugo López Coronel

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