Cena para Tres
A Davronel,
por su incansable aspecto.
Quizá ella fue; no, quizá él.
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| Fuente de imagen: Revista Óclesis |
Ella, con
sonrisa fingida y unos ojos mentirosos abandona la postura que mantuviera desde
hace rato; coloca su bolso sobre la mesa y confiesa su desnudez con la mirada. Antes
de decir nada, se pone en pie y vociferando todo un torrente de sangre se
enfila hacia la puerta sin ni siquiera voltear. Sólo ha dejado dos palabras en
aquella atmósfera tenue: chao cariño.
Desperté
en medio de mis sueños despedazados en la almohada, con la frente perlada de
desasosiego… otra vez. Algo dentro de mí crece y me carcome como un cáncer.
Llueve. Las nubes en el fondo oscuro danzan en un tono rosáceo que me
transporta más allá de las paredes.
A mi lado
duerme… otra vez.
La
comida en casa de los Fuentes ha sido el principio de nuestra desesperanza.
Durante la cena, ella confesó después de seis copas de vino blanco la comezón
que en el alma siente. Yo, escéptico, no daba crédito a aquella escena, mis
labios se fruncieron hasta casi reventar cuando mi boca intentó callarla. Ella
ríe a carcajada abierta con un claro tinte de nostalgia, de deseo prohibido, de
amargo desdén encasillado muy a adentro. El señor Fuentes me ha dicho salud. Yo
correspondo con una suave sonrisa. Ahora sé que esa angustia no es por mí, que
no soy yo el que consuela sus noches frías, no soy la marea que sube hasta su
pecho para acariciarla con la blanca arena y la brisa temprana en días de
verano.
Las
mujeres se apartaron y ahora las escucho hablar sin que sepan. Ella les cuenta
sin pudores del otro, el que camina mis pasos de vuelta a casa una vez que me
he ido. Ríe. Las demás la miran admiradas. Yo, desde mi rincón, río también; en
el fondo tengo ganas de incrustarme en la tapicería y esperar a que el fuego de
sus ojos incendie la casa. Pero no, sigo mi camino, el señor Fulano me espera
para seguir brindando.
Puede
que haya aumentado la maleza en estos días, mi corazón, mis pulmones y mis
arterias lo presienten sin prisa. La cara buena del mundo me mira de soslayo al
choque de las copas. Su tintinear me escuece la espalda. Si fuera café, voltearía
mi taza para leer los posos como cuando era niño y Matilde no me observaba
ensuciar su vajilla predilecta.
La
invitación llegó temprano, ella la puso sobre el tocador y ahí permaneció por
días, hasta que nuestros gritos permitieron encender mi cigarrillo, descosí los
botones de mi camisa para que sus manos navegaran libremente. Han sido tan sólo
seis años de dulce compañía, el único detalle fue su adiós desde que lo colgó
al sol para secar las enormes lágrimas envueltas en caramelos de cristal.
Conciliamos asistir a la cena desde que mañana no nos vemos, ya nunca.
El
papel está enjugando la tinta de limón. Basta una llamarada para que vuelvas,
hasta que quieras; porque ahora finges no darte cuenta, en estos instantes en
que tu risa ha estrellado el cristal con el que brindo.
Hugo López Coronel

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