Expediente número 3
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Fuente de imagen: Internet |
¿Y qué haces entonces?, pues creer que
es tuyo cuando no lo es. Piensas que lo tienes, te ilusionas, inventas mundos y
compones poemas y a tu lado no está. Lo peor de todo, es pensar que cuando tú
quieras estará siempre ahí, observándote y sonriéndote o quizá ideando la forma
de tenerte. Te emocionas y finalmente descubres la mentira, el vil engaño
resultado de tu mala percepción, de tu ceguera fomentada por las ganas de
hacerlo y nunca atreverse ni siquiera guiñar el ojo por miedo de faltar al
respeto, y cuando te avientas, el madrazo en el suelo te recuerda que las
estrellas viven muy lejos, allá donde las jirafas hacen sus nidos y vuelan
entre los brazos del sol acompañadas por los jacintos y las gardenias de
cristal.
La llave se encontraba
atorada entre mis dedos y la chapa. De mi brazo colgaba la maleta de los
pecados mientras un par de pieles falsas en botas negras se erguían hasta las
rodillas y vestían las piernas de un hermoso rostro. Una cabellera brilló con las partidas de luz
justo al final de la pasarela. La llave seguía luchando contra la chapa, los
maceteros se burlaban de mi inapropiado estilo para invadir una habitación de
un hotel barato.
Entonces, la cámara de los comunes
empezó a deliberar, sus voces rondaron nuestras caras, sentí recorrer sus
miradas. El galán dijo – las zapatillas
están padrotas, pero más padrotas están los tobillos que los calzan -. Por fin
la llave venció a la chapa y nos introdujimos dejando parte de nuestro deseo en
el umbral.
Di unos pasos en derredor;
de inmediato el inmobiliario se presentó ante nosotros. - Que tal, buenas
noches –. Yo correspondí con una sonrisa al saludo. Tú, al margen de todo, sólo
te dispusiste a desnudarte, dejaste caer tu delgado cuerpo sobre las sábanas,
te reinventaste en una metamorfosis divina
y con dulce mirada, extendiste la invitación a compartir tu piel con la
mía. Mis manos se enfriaron en seguida, titubeé unos segundos antes de crear un
sarcasmo para evadir los lamentos de
mañana.
Me acerqué a ti,
me dispuse a tu costado fingiendo inocencia, temor, incertidumbre, inmadurez,
indiferencia. Tus dedos recorrían mi pecho, mis ropas cedieron y nuestros
cuerpos terminaron compartiendo la piel. Me hundí, caí profundamente hasta
alcanzar la cascada en tu vientre, mis labios frenéticos invadieron tu cuerpo,
amasando tu aliento en mi lengua, tus piernas y brazos me apresaron, tu boca me
absorbía devorándome por completo, me hacías pedazos en tu locura de placer,
mis palabras enmudecieron, sólo, sólo tú, tú, ¡ah!, tú, tú, ¡ah!, tú.
La paz llegó.
Quedamos abandonados uno junto al otro, nuestras las voces se convirtieron en
caricias, poco a poco el sueño nos fue venciendo hasta quedar inmóviles dentro
de la amnesia de la fría madrugada.
Nunca hubo un
adiós, ni un hasta mañana. Al cerrar la puerta, las gotas de lluvia me trajeron
el destino de Rosario. El letrero dice, favor de guardar silencio, hospital.
Hugo López Coronel

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