lunes, 16 de octubre de 2017


Ángulo obsceno




Estás ahí, tu cuerpo, la habitación vestida de olores, cerca de mí. Tus párpados confundidos con las luces hablan de lo cotidiano, la fauna es normal, bestias flotando en el aire comprimido de muchos suspiros... ¿Nos recuerda algo?
¡Oyessss…
¡Quééééé…
Su rostro muerde la ira contenida en algunas charcas que prometen vida en la existencia. Das media vuelta y olvidas que estás ahí.
                                                          
                                                          Permaneces aún,
            el sonido devora tus manos.
Tu cuerpo se desprende de los huesos y utiliza el enjambre para nadar entre las voces. Nadie te ve, como lengua la música se introduce en tus oídos. Tus brazos aprisionan la danza-viento de las voces. Vuelves la mirada y lo ves.
Quieres hablarle.
Los cuerpos inundan la habitación vestida de sonidos. Agitas los brazos y te acercas a él.
¡Oyessss…
¡Quééééé…
Distingo su rostro, muerde la culpa de saberse contigo. Algún día lo sabrás, yo no lo diré. Permanezco sentado mirando la distancia detrás del vidrio. Hace tanto tiempo que no he dicho a alguien que...
¡Me interrumpes!
Quizá habría recuerdos con esquirlas como alas dices, edredones de rocas que cubran la risa del frío dices…
Por un instante dudas,
o… quizá es agua lo que mis brazos tocaron.
Ya no dices nada. Otra vez lo buscas entre la marea de alientos, entre los brotes frescos en los pasos, en las cortezas de palabras que se quedaron en algún lugar de ahí. Lo ves, te desplazas ligeramente. Sabes que son varios los olfatos que lo respiraron, y él también lo sabe.
Abres los labios. ¡Oooh…  
                                                                                                          Piensas ahí,
                                   la lluvia del tiempo cicatriza el impulso de la sangre, las luces de la ventana parecen frescas, aún recuerdas el peinado y las prendas que se usaban. Tu teoría reside en afirmar que los ríos llenaron los mares cuando ya los peces sembraban arrecifes en el desierto. Afirmaste que negarías cualquier respuesta consciente porque cada cosa sólo es una cifra. Después, vinieron de lejos otros residentes, poblaron los canales desde adentro, fue entonces que la música devoró mis oídos; miro de reojo los huesos de la noche, te busco entre la hojarasca que nuestra piel va dejando… Tu rostro gira, yo te miro, tus ojos auscultan las paredes del sonido, fijas la mirada y empiezas a observarlo… ¡Yeeeee…!
Las nubes sujetan el cielo, siempre lo supe, también de la distancia que alcanza para los recuerdos y los mitos, y mis cuerdas bucales estallan:
¡Quééééé…!
Te digo, aún los peces no han descubierto el agua y siento que mi rostro se desencaja al mirar tu cuerpo cerca de mí. Doy media vuelta y me olvido que estás ahí.



Santa Lucía. 13 de septiembre de 2009.