lunes, 13 de noviembre de 2017


Breve panorama histórico de la Educación en México[1]


Una vertiente en el ámbito semántico de la pedagogía implica el significado de “conducción de niños”. Su objeto de estudio es la atención al desarrollo de los niños, y en términos actuales también de los adultos, tanto en el aspecto intelectual como en el aspecto propiamente formativo o integrador de la persona humana. La pedagogía es una disciplina propiamente prescriptiva y está integrada en el conjunto de disciplinas a las que suele llamárseles Ciencias de la Educación (Gutiérrez, 1994: 11-20). Su objeto de estudio no sólo explica los hechos, sino también los valores, fines e ideales de la Educación. Educar equivale tanto como cultivar, formar, integrar, y por ello, influir. En esta perspectiva se pretende que el educando adquiera cierto modo de vida considerado como valioso, digno, ideal; como algo que debe ser, y esto, precisamente porque aún no lo es. Toda reforma educativa supone una etapa para alcanzar un ideal que realizar. ¿En qué consiste este ideal, este fin? La educación del hombre implica ciencia y moral, arte y religión, etc. ¿Cómo se descubren y fundamentan los valores, fines e ideales de la Educación? Sólo el ser humano se pone así mismo fines, en particular como educador.
En el horizonte histórico de México, desde su formación como Estado Nacional hasta los albores de la Revolución de principios del siglo XX, la Educación como política institucional no fue concebida para la población en general; no obstante que existen intentos, anteriores al movimiento revolucionario[2], por reformar la enseñanza e implementar una política educativa a una mayor escala. El actual Estado Mexicano[3], como ese artificio articulador social que formalmente supone la idea de individuos libres, asociados “voluntariamente”, subordinados a Organizaciones de Derecho establecidas bajo la forma de una Constitución votada universalmente, integrados y representados en partidos políticos para competir por el poder público, con organizaciones sociales activas y demás instituciones públicas y privadas, se empieza a configurar como paradigma durante la segunda mitad del siglo XIX, y sólo alcanza su consolidación con los gobiernos post-revolucionarios.
El Liberalismo[4] constituyó, desde sus orígenes en el pensamiento de la Europa del siglo XVIII, un movimiento fundamentalmente “antiautoritario, antimonárquico y anticlerical”. El Liberalismo clásico reivindicaba la libertad en todos los campos de la acción humana: libertad de pensamiento, libertad de asociación, libertad de tránsito, libertad de comercio, libertad de expresión de las ideas, etc. en oposición al represivo control ejercido por las monarquías absolutistas y la Iglesia católica en todas las manifestaciones de la vida social y cultural de aquella época.
En lo educativo, el Liberalismo significó el intento de articular la Educación a los procesos sociales, haciendo de lado el abismo existente entre el trabajo, la política y la cultura, con el objetivo de hacer de la ciencia un instrumento de transformación en la vida social. Desde de los últimos años del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX, entre los miembros de las élites sociales en México, tuvieron una amplia difusión las ideas de la Ilustración y el Liberalismo político y económico, el universalismo, el cientificismo y el concepto de democracia europeos. Uno de estos resultados fue la asunción del Liberalismo como visión de Estado y, por consecuencia, la base filosófico-antropológica para la formulación de políticas públicas.
Motivado por la consigna de acabar con el predominio de la Iglesia y el conservadurismo eclesiástico en la Cultura y la Educación y, en esa creencia, ante los retos de la formación de nuevos cuadros para el desarrollo nacional y de la difusión de la visión científico-técnica del mundo, el pensamiento liberal aparecía como la alternativa legítima frente a la crisis de la Educación y particularmente de la Educación todavía colonial a mediados del siglo XIX. El impulso del nuevo Estado a la creación de institutos científicos y literarios y de colegios civiles en oposición a los seminarios, escuelas y colegios eclesiales abría los espacios en que se concretaría la presencia de la orientación liberal, en lo que respecta en las políticas de Educación –desde la básica hasta la superior-, incorporando a su currículum las nuevas disciplinas científicas, las lenguas modernas y las nuevas actividades económicas. En muchos casos, se articulan a ellos las escuelas de ingeniería, de artes u oficios; vía por la cual, van acercándose a la idea de una Universidad Nacional como proyecto alternativo a la Real y Pontificia en manos de la Iglesia.
A inicios del siglo XX, con el arribo de las compañías extranjeras al país, surge la imperiosa necesidad de adiestrar a los obreros –mano de obra- en el manejo y empleo de diversos y novedosos instrumentos para el trabajo. Es, entonces, que la Educación comienza a llegar al pueblo, aunque con un objetivo bien definido: satisfacer la demanda de mano de obra calificada para el uso de la tecnología de las nuevas industrias. Durante los años de la crisis revolucionaria, la Educación pasó a un segundo plano y a pesar de que los lugares y recintos de enseñanza no escasearon, no era una prioridad enseñar a la gente. Posteriormente, durante la administración de Venustiano Carranza y por efecto de la promulgación de la Constitución de 1917, la Educación adquirió un papel protagonista para el Estado. A partir de esta época es que se planteó la necesidad de impartirla gratuitamente en todo el país, sobre todo desde 1921, cuando se creó la Secretaría de Educación Pública.
Anteriormente a estos procesos, durante el periodo histórico colonial del actual México, la población, casi de manera general, no tenía acceso a los ámbitos de enseñanza a menos que se tratase de aprender algún oficio; a tal efecto, el interesado debía acudir, o pertenecer a un gremio bien determinado donde era instruido para el trabajo artesanal. Sin embargo,  los campos de las artes, las ciencias y las humanidades sólo eran privilegio de apenas un pequeño sector de la población; en este entendido, es que únicamente los hijos de los hacendados españoles y la gran mayoría de los criollos acomodados podían acceder a éstos. En este contexto histórico, la única instancia autorizada que podía educar era la Iglesia, ya que ella era la única institución que poseía tanto el poder como los instrumentos para la enseñanza de hombres y mujeres. Este paradigma educativo se encontraba bien definido y la gran mayoría de los hombres estudiaba en las escuelas religiosas, en tanto que las mujeres lo realizaban en los conventos. Las instancias donde se impartía la Educación eran escuelas dedicadas a una ciencia o arte en particular, pero la mayor parte de la población se encontraba marginada tanto de lugares como de otros bienes y servicios, y sólo los que poseían cierto nivel económico, o los que formaban parte de la clase eclesiástica podían aspirar a educarse en estas escuelas.
Al término del proceso colonial en México, con la llegada de la Independencia y su culminación, los intentos por reformar la Educación fueron varios. Desde 1822, se inicia en el país la fundación de escuelas de corte lancasteriano[5]; éstas, instancias que impartían la Educación a la par con las escuelas eclesiásticas y con las escuelas privadas. Las escuelas privadas y lancasterianas[6], al inicio del siglo XIX, fueron los primeros proyectos palpables en intentar reformar el modelo educativo en un sentido más alejado de la Iglesia; aunque se incluyeron materias de corte eclesiástico como moral y religión, lo denotativo en este sentido es que, en general, quienes se hacían cargo de la docencia ya no eran sacerdotes (Espinosa, 2003).
Las primeras décadas de vida independiente en México se caracterizaron por una constante inestabilidad política y es, durante los primeros años de la República, donde se intenta legislar en materia de Educación, hecho imposible de llevar a cabo -una reforma educativa de manera drástica- debido a la gran inestabilidad en el país. Otrora, en el periodo colonial[7], aparece en escena una instancia más de Educación: la escuela militar, que aunque no se le dio la importancia necesaria por parte de la población, no fue sino hasta años después de la Independencia cuando las academias militares adquirieron un papel importante y se convirtieron en centros atractivos para los hombres debido a la inestabilidad estructural del país y las constantes luchas por el poder.
El terreno de la enseñanza, en cuanto a proceso, fue poco estudiado durante la primera mitad del siglo XIX, al menos en México, pero su existencia ha dejado datos que pueden ubicarnos en un referente donde las escuelas privadas tenían mayoría sobre las de gobierno. La situación estructural del Estado era tan débil que no podía sostener una empresa tan importante y costosa como las instituciones educativas. Al hablar de “impartir enseñanza”, nos situamos en el sentido de educación elemental. Ésta no fue concebida como tal sino hasta los primeros años de la época post-revolucionaria. La educación primaria estaba dividida en tres niveles[8]: primeros dos años, dos años intermedios y dos últimos, sin una delimitación idónea en cuanto a sus términos ni mucho menos en cuanto a sus alcances. La inmensa mayoría de la población no sabía leer y escribir, y las prácticas y necesidades económicas del momento, no visualizaban la importancia del papel de la Educación, como adoctrinamiento, en el desarrollo humano, -al menos no en el estricto sentido que hoy le damos, ya que nuestro entorno humano ha cambiado el valor de la educación-.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, aparecen proyectos bien definidos sobre educación nacional, y entre otros factores, el número de escuelas de gobierno es ampliado. Con el ascenso al poder de los gobiernos de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, se vislumbran proyectos para llevar Educación a diversos sectores de la población, además de adoptar los principios del positivismo[9] al sistema educativo mexicano, el cual, daba prioridad fundamental a las ciencias, las humanidades y las artes. En este momento, se sitúa al Estado como la instancia única que debía proporcionar la Educación elemental a la población del país, y no sólo a niños, sino también a diversos sectores de la población. La querella por el poder entre Lerdo y Porfirio Díaz se concibió precisamente en asuntos relativos a la Educación (Espinosa. 2003), pero transcurrió mucho tiempo más antes de que tales asuntos fueran retomados y se les asignara una precisa continuidad en cuanto a sentido de proyecto.
Con la llegada de Díaz a la presidencia de la República, se consolidan diversos sectores en el país: la estabilidad política, económica, de inversiones extranjeras y del ejército. La Educación alcanza una importancia que no había tenido antes, ya que se impulsan planes de estudio y proyectos de construcción de escuelas por parte del Gobierno Federal; la matrícula escolar tuvo un aumento lo mismo que los ingresos y egresos del nivel básico. La enseñanza fue promovida entre niños y adultos sin distinción entre hombres y mujeres, y fue impartida de acuerdo a su nivel social. Todo lo anterior, respondía al panorama positivista de la época que caracterizó al Porfirismo. En el tiempo que corresponde a la larga administración de Porfirio Díaz, como punto de referencia, antes y hasta éste, ninguno de estos gobiernos logró insertar en las políticas educativas un preciso sentido laico en la educación. No fue sino hasta 1917, con la promulgación de la nueva constitución resultado del movimiento revolucionario, que se logró imponer dicho principio, el cual marca la postura del Gobierno Federal mexicano frente a las instancias eclesiásticas y su visión educativa.
La posibilidad de que "una Educación de Masas” desde un plan educativo fuera una realidad, no resultó sino sólo el discurso de una panacea que únicamente alcanzó a ser eso, un proyecto con una mala planeación de Educación para las masas, porque no respondía a las necesidades básicas de la población. La Educación no dejó de ser privilegio de unos cuantos. Pero no podemos dejar de reconocer los aciertos de personajes como Gabino Barreda, quien fundó, en la tercera parte del siglo XIX, la Escuela Nacional Preparatoria[10], ni la importancia de las ideas positivistas de Justo Sierra, que sirvieron de guía a los profesores en la impartición de sus clases, y quien, así mismo, logró modificar los planes de estudio y reglamentó la Educación en un solo plan de estudios para todo el país. La Educación respondió a una necesidad práctica, inmediata, pero “dejó de lado la visión de largo plazo (Espinosa, 2003). Sólo con la llegada de José Vasconcelos y la creación de la Secretaría de Educación Pública, el sistema educativo contempló alcances y horizontes mayores. El Estado liberal, para entonces como Estado educador, asumía la responsabilidad de la instrucción de la población, partiendo de la idea que “la educación significa la posibilidad de la superación de los fanatismos religiosos, fomenta la integración nacional y la participación democrática (Sánchez, 1982).
La segunda mitad del siglo XIX representa la época de diversificación en la oferta de una política de Educación -tanto elemental como superior-, sobre todo a partir de las reformas juaristas que dan un gran impulso a la formación de las escuelas de artes, a las escuelas normales, a los institutos científico-literarios y a las escuelas de oficios. Sin embargo, la actividad de las instituciones existentes no logra llegar más allá de la formación de élites sociales, en la medida en que la cobertura de las instituciones sigue siendo excesivamente limitada, y que su tarea educadora continúa aislada y sin compromiso con los objetivos transformadores del Estado.
Paulatinamente, durante el siglo XIX, se van renovando las políticas educativas, así como la concepción de educación superior y de la institución universitaria de muy diversas maneras. Progresivamente, y a partir de una creciente articulación entre Educación y actividad económica, se van impulsando las áreas de formación técnica, las ciencias aplicadas y los estudios sociales, con lo cual adquieren más importancia que las disciplinas humanísticas. Pero las medidas que se fueron tomando en el gobierno no pasaron de ser meros proyectos para provincia y únicamente en el Distrito Federal se lograron cambios significativos, que obviamente no repercutieron en la mayor parte del país.
La característica primordial  de la composición del gabinete del gobierno de Díaz durante su largo periodo presidencial, fue que prácticamente los puestos y direcciones eran de orden vitalicio, por lo que sólo se hacía cambio de ministros cuando moría alguno de éstos. Esto convino –por decirlo así-, a darle continuidad a los proyectos –sin que con esto se pretenda justificar la enorme incongruencia en los excesos cometidos en contra de la población, durante este periodo histórico del país-, y a no dejarlos en cuatro o seis años como se hizo más tarde con los cambios de gobierno durante la segunda mitad del siglo XX. Porfirio Díaz le dio un importante impulso a la Educación en materia jurídica, pero en materia práctica no, pues los "intereses de la nación no permitían que los obreros supieran leer y escribir, y pudiesen así exigir sus derechos" (Sánchez, 2003). Por tanto, la Educación fue sólo para los hijos de la burguesía, que tenían el control en todos los ámbitos: culturales, económicos, sociales, educativos y políticos.
Con el conflicto revolucionario “se dejaron de lado los proyectos porfiristas para la Educación y se abandonó la posibilidad de legislar abiertamente en materia de Educación” (Sánchez, 2003). Aunque las escuelas normales ya existían desde el siglo XIX, no fue sino hasta los años veinte cuando tuvieron una gran importancia en los ámbitos escolares. A partir de la tercera década del siglo XX y con Vasconcelos al frente, se hizo patente un principio de la Constitución que, inclusive, es el primer tema importante de la Carta Magna. En el artículo tercero constitucional se hace ver una de las propuestas más relevantes de los revolucionarios y una necesidad primaria para la sociedad: el Estado como impartidor de educación, que en ese momento era la instrucción primaria. Pero no dejaba de ser una Educación pensada esencialmente para los ambientes urbanos. En la otra cara de la moneda, el campo, donde habían quedado los combatientes revolucionarios, no se sabía muy bien qué hacer, y aunque no se abandonó la tarea educativa, lo que se hizo fue instruir a maestros para que cada uno diera en una comunidad, de acuerdo a sus necesidades, “una especie de misiones educativas o culturales, allí donde no hubiera escuelas o quedaran éstas muy lejos” (Sánchez, 2003). El proyecto dio resultado, pero sólo en un sector minoritario, considerando la dimensión territorial y cultural que se pretendía abarcar.
El laicismo fue otra gran preocupación para el proyecto político revolucionario del país, que suscitó, incluso, el estallido de la guerra cristera en la tercera década del siglo XX. Con lo que respecta al campo, sólo fue tomado en cuenta con la llegada de las ideas socialistas del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas. La Educación se centró en los maestros y en el cómo éstos podían ayudar no sólo a los alumnos, sino también a la comunidad en general, volviéndose un personaje importante en el poblado donde trabajaba; la educación rural adquirió un papel determinante, sin dejar de lado la educación de los centros urbanos. Durante esa administración fue creado el Instituto Politécnico Nacional. Además, ya en 1929 se había logrado la libertad de cátedra en la Universidad Nacional Autónoma de México. Con la Secretaría de Educación Pública y el impulso que le dio Cárdenas, la Educación logró consolidarse como una prioridad para el Gobierno Federal. La educación rural se diferenció de la urbana, y ello significó un avance en lo que a cada realidad correspondía.
Un proyecto educativo más ligado a las políticas de desarrollo social y cultural, en contraste a las de desarrollo económico, es el que se impulsó entre 1920 y 1946 por parte de los gobiernos surgidos de la revuelta armada de principios del siglo XX. Con Álvaro Obregón hasta Manuel Ávila Camacho, se trató de un proyecto educativo en cuya expresión más elaborada encontramos la idea de la creación de una Universidad Nacional combinada con el propósito de que “la nación mexicana superara su deuda histórica de justicia social con los sectores campesino y popular” (Sánchez, 2003). El proyecto educativo, junto al de la creación de escuelas tecnológicas y de una Universidad Nacional, venía siendo anticipado desde el movimiento de independencia en el marco del pensamiento liberal, y había cobrado mayor fuerza en la época de la Reforma y el Porfirismo. Características del proyecto -y del periodo en que éste es promovido-, fueron como ya se ha mencionado anteriormente, la inestabilidad política y el conflicto armado y social.
 Las reformas educativas son procesos que históricamente se presentan como prácticas sociales privilegiadas de proyectos e intereses políticos bien definidos y delimitados, y uno de sus principales medios para incorporar, modificar, cambiar, transformar y experimentar estrategias, que afectan directamente en el proceso de enseñanza–aprendizaje para alcanzar dichos ideales. es en los contenidos curriculares. Así mismo, las reformas también están directamente relacionadas con la formación docente, y se circunscriben a la dinámica de los sujetos al interior de las estructuras políticas. De tal forma, dentro de la Historia de la Educación en México, podemos localizar a “la figura del maestro como el sujeto clave e ideal para realizar la tarea de preparación de las nuevas generaciones” (Curiel, 1984).
En ámbito, siguiendo la propuesta de Bourdieu (1993), “lo simbólico son las representaciones sociales reconocidas con prestigio que se convierten en una fuerza de poder de dominación en determinado tiempo y en determinado campo”. Esto significa que las disposiciones de largo alcance en la vida laboral de los docentes han sido interiorizadas, es decir, se ha insertado en el paradigma dimensional del docente como parte de su acción, y han construido las bases de su actuación en los principios de costumbres y de tradiciones que se remontan al pasado en un orden de asignar significado y cohesión dentro de una comunidad[11].
Desde este punto de partida encontramos, a mediados del siglo XIX, que la figura del maestro no se encuentra integrada en una comunidad de docentes como tal, al menos no como se vislumbra en nuestra actualidad, tampoco era prioridad ni era tomada en cuenta por el Estado. Sin embargo, esto fue cambiando a consecuencia de la prioridad en la progresiva falta de atención a la educación elemental que existía, en donde, sólo el maestro podría solucionarlo. Para ello, se requería de formar maestros y el Estado no tenía las condiciones para hacerlo.
A partir de la gestación de la escuela normal se comienzan a perfeccionar los métodos de enseñanza de la lecto-escritura, posteriormente se realizan nuevas reformas didácticas. Como afirma Curiel (1983) “los intentos sistemáticos y formales de la educación normal se iniciaron con los avances pedagógicos de la escuela modelo de Orizaba y a partir de que el Estado se hace cargo de la educación pública durante la etapa del porfiriato”. Es en esta etapa, en donde Enrique C. Rébsamen contribuyó a la forma de observar la Educación y a la manera de practicarla, es decir, “la educación significaba para él libertad y servicio a los intereses sociales” (Curiel, 1983). En este sentido, las reformas provocaron dos cosas en la comunidad de docentes durante esta etapa: por un lado, se crearon docentes con una dependencia y falta de iniciativa para reflexionar sobre su quehacer docente y para decidir sobre él mismo, y por otro, se crearon tipos de docentes que hicieron y vieron el mundo educativo con un pensamiento y un compromiso transformador en la comunidad.
Estas comunidades de docentes se han constituido en diferentes épocas y con diferentes reformas educativas, en muchos de los casos, han contribuido a la discusión teórica metodológica respecto al campo de la pedagogía. Rébsamen, Torres Quintero, Alberto Correa, Justo Sierra y José Vasconcelos son sólo algunos de los docentes que lograron pertenecer a la comunidad de los intelectuales pedagógicos en nuestro país. Ellos contribuyeron también a diseñar y a orientar las reformas educativas no sólo en educación normal, sino que también en educación elemental –básica, llamada actualmente-. Ahora bien, en esta etapa es cuando se identifican las primeras reformas educativas que perseguían, sin duda, un dominio intelectual pedagógico en las escuelas normales. Los planes y programas de estudio pretendían “el dominio de la gramática de la lengua española, dos idiomas (inglés y francés), antropología pedagógica, pedagogía y práctica profesional” (Sánchez, 2003). Este momento fue de gran simbolismo para la comunidad de docentes con relación a dos saberes fundamentales en su formación: la formación intelectual pedagógica y la formación del docente con la teoría y la práctica. No obstante, estos saberes se fueron desvaneciendo por las circunstancias socio-históricas que vivió nuestro país, además del deterioro que sufrieron las escuelas normales y la comunidad normalista entre 1911 y 1920.
Un segundo punto crucial y duradero hasta la fecha, se identifica cuando se crea la Secretaría de Educación Pública (SEP) en 1921 con José Vasconcelos. Este suceso determinó reformar y uniformar programas integrales que se llevaron a cabo como proyecto nacional en todo el país. También significó tener en cuenta ciertas obligaciones y derechos entre la SEP y la comunidad de docentes. Entre las obligaciones, por parte de los docentes, estaba llevar a cabo el programa escolar a escala nacional; por otra parte, una obligación del Estado era otorgar capacitación y formación docente. La formación del docente implica desde entonces educar y formar en congruencia, basada en una Ideología Nacional[12]. Durante este periodo, en 1926, el plan de estudios de las normales rurales se unifica con el objetivo de lograr que el docente ayudara en la zona rural donde la escuela reflejara la vida cotidiana, por tal razón, se visualizaba que lo más importante para la enseñanza eran las relaciones sociales, es decir, las relaciones entre el infante y el adulto. Para realizar dicha reforma, se expidió un documento llamado "Bases para la organización de la escuela primaria conforme al principio de la acción" (Sánchez, 2003).
En un artículo publicado en la Revista Mexicana de Pedagogía (Fuentes, B: 1998) se plantean algunos aspectos entorno a las características de la Escuela Rural Mexicana; en esta dinámica, nos instalamos en la reflexión acerca de las problemáticas con que respecta a la vinculación escuela-comunidad, su origen formal y razón de ser de la misma, la pedagogía escolar: sus retos y carencias. Cabe destacar la reflexión que se lleva a cabo sobre las Casas del Pueblo, organismos que surgieron como un sistema nacional poco después de 1921, fecha en que se creó la Secretaría de Educación Pública. Como objetivo fundamental buscaban extender la educación medio rural rompiendo la situación de privilegio de las élites urbanas. Este reto consistía en llevar escuela a todos los rincones de la República, ya que millones de habitantes habían permanecido al margen de los beneficios educativos. Así es como surge la idea de crear Casas de Enseñanza en cada pueblo apartado, la experiencia inmediata anterior estuvo en el sistema de 1911, cuando se implementaron las escuelas rudimentarias, donde sólo se intentó enseñar a escribir, leer y contar. 
Las reformas implementadas en esta época corresponden a los maestros rurales porque ellos no habían sido formados en escuelas normales, sino que fueron elegidos entre las personas que, sabiendo leer y escribir, daban muestra de su espíritu comunitario. Las reformas estaban centradas en moldear a las futuras generaciones, servir a la patria con la recompensa de sentir satisfacción del deber cumplido. En la década de los años cuarenta del siglo XX, Francisco Larroyo[13] de nuevo orientó la formación de docentes con un sentido pedagógico idealista mediante una reforma educativa implementada en ese tiempo. En este sentido, como afirma Arnaut (1998), “las políticas y las reformas educativas que siguieron desde los años cuarenta aparecen como soluciones temporales que afrontan el problema de la formación docente y además plantean diversas formas para profesionalizar al docente”. La idea de profesionalizar a los docentes se relaciona en esta década, básicamente con la producción de cambios y de mejoras en el plano laboral en cualquiera de los niveles educativos. Para esto, se organizan, entonces, cursos de capacitación para los docentes, se adecuan bibliotecas y talleres para elaborar materiales didácticos específicos.
De manera casi simultánea, la SEP asume una política flexible en cuanto a la formación y profesionalización del docente. Para dar solución a esta petición, se crean por decreto oficial otros tipos de escuelas normales, que tienen la modalidad en educación preescolar y en educación superior. Esto representó crear una pirámide de formación en este nivel educativo, dicho de otra forma, las escuelas normales con modalidad en primaria y preescolar se consideraron como de nivel básico y las otras normales se conceptualizan como educación superior. A las primeras, se podía ingresar teniendo sólo el nivel de estudios de secundaria, y a las segundas, sólo cuando el docente era egresado de alguna normal básica.
Esta práctica política trajo otro problema en las reformas educativas, se creaba de manera natural una heterogeneidad de programas que impedían la unidad nacional en las escuelas normales. Lo anterior es sólo una referencia para entender las estrategias que se siguen para diseñar y proponer políticas que dan origen a las reformas educativas. Las curriculas de la década de los sesenta todavía se inscribían en el marco de las Ciencias Sociales y Humanas, y las construcciones conceptuales nacían de ellas: noción de la realidad, noción de ciencia, rigor conceptual. La presencia de la sicología experimental influía de manera directa en consolidar las nociones teóricas.
A lo largo de la década de los años setenta, son tres las reformas que se implementan y se organizan a partir de las didácticas especiales: seminarios sobre administración, legislación educativa y práctica docente. También cambia la noción curricular de práctica profesional por práctica docente, además se refuerza la influencia determinante para entender que la enseñanza tendría que realizarse a partir del objeto-teoría. Durante este periodo, la formación de docentes sufrió un deterioro pedagógico y didáctico al inicio de la década. El maestro aprendió las didácticas entre ensayo y error porque se enfrentó a su trabajo sin cursos previos. En cuanto a la educación normal, ésta padeció con los enfoques didácticos porque provocaron dispersión y confusión en la enseñanza. Estaba de moda la tecnología educativa y lo que ocasionó fue un alejamiento del docente de los contenidos y del alumno mismo.
Las reformas educativas realizadas y experimentadas en 1984 y en el periodo 1997-1999 en educación normal, son parte de las decisiones políticas para resolver el problema de la formación docente y el de la profesionalización que desde la década de los años cuarenta se pretendía llevar a cabo. La elevación de la normal básica al nivel de licenciatura fue la primera solución y la segunda fue diseñar planes y programas de estudio congruentes con este nivel, de acuerdo, también, con las políticas de la estructura nacional académica y política que más dominaban en la década anterior: modernización educativa e investigación educativa. Estos dos paradigmas habrían de generar a la figura del docente investigador una capacidad de desarrollar la corriente de la investigación acción, la cual postula recuperar el concepto de praxis. Pero, en la esencia, lo pierde por partir de una visión armónica entre dos polos, es decir, tiende a deslizarse hacia la acción pragmática. No obstante, esta corriente recupera la descripción empírica de la práctica escolar, siempre y cuando se realice hasta los niveles más avanzados y cuando se asocia a una formación real de la investigación.
Todos los programas se organizaban, en esta reforma, a partir de actividades básicas para el desarrollo de la investigación. Los contenidos del currículum se basaban en teorías muy sólidas en el campo de la sociología, la historia, la sicología genética, la sicología social. También se desarrolla la estadística inferencial y descriptiva como apoyo a los cursos de investigación. Lo que se pretendía con este diseño curricular, era involucrar a los estudiantes en diversos campos disciplinarios para que tuvieran mayores posibilidades y condiciones de cuestionar y reflexionar, de comprender o explicar la realidad acerca de los problemas sociales y educativos cotidianos. Pero se olvidaron, en esta reforma, de la historicidad de la formación docente, se olvidaron de la política nacional, se olvidaron de la tendencia y los problemas que se vivieron en las décadas anteriores a la reforma: la formación de la comunidad docente. Sin embargo, el problema de formación fue resuelto al paso de los años porque en los estados del país ya existían programas de postgrado, que de alguna manera, ayudaban al docente en el aspecto profesional.
La investigación educativa apareció por decreto, en una realidad cultural sugestiva y atractiva, pero elusiva y difícil, casi imposible de capturar, entonces, ¿cómo y de qué forma se incorporaron los docentes a configurar comunidades de investigadores?, ¿con qué visión de cultura investigadora se circunscriben a esta función?, ¿qué ocurrió y está ocurriendo con los docentes investigadores respecto a su función? Ante estas interrogantes, se puede afirmar que el cambio nuclear dejó claro cuatro intenciones: solucionar el problema de la formación docente a través de formular nuevos planes y programas de estudio correspondientes a este nivel; normalizar el nivel educativo de educación normal al nivel de licenciatura; alentar a la comunidad docente a continuar con estudios de nivel superior; y formalizar el nivel de estudios de licenciatura en un nivel inicial de formación en el campo de la Educación. Esto implicó, entonces, nuevas formas de acercamiento pedagógico, nuevas funciones por realizar, una nueva estructura académica administrativa de acuerdo con las necesidades del nivel superior, y por ende, la creación de un nuevo lenguaje con toda la carga simbólica que ello significa.
Actualmente, en las escuelas normales de educación primaria, educación preescolar y en las normales superiores, se implementan las reformas alcanzadas en 1997 y 1999[14]. Con estas reformas se pretende el desarrollo de habilidades y competencias específicas en los estudiantes. Ésta exige la actualización de los docentes antes de dar inicio a algún semestre. También se equipan de tecnología de punta, se abastece a las bibliotecas con bibliografía especializada en la Educación y se otorgan materiales bibliográficos para cada estudiante. Asimismo, se organiza a los docentes en pequeños y grandes colegios de discusión para desarrollar líneas de trabajo institucional que articulen de manera global los elementos que constituyen la reforma.
El panorama educativo, a partir de 1989 en nuestro país, ha alcanzado grandes logros en la realidad institucional, ha tenido modificaciones en el currículum de la educación básica y transformaciones en la educación superior sobre todo en las universidades públicas, lo que nos sitúa ante escenarios donde se observan grandes avances en unos y otros rubros, sin que esto signifique que no haya que replantear, todavía, muchos de estos alcances en los proyectos de educación y los objetivos a largo plazo en las mismas políticas educativas. Pero, en el nivel medio, es notorio un grave estancamiento en la calidad educativa, donde fenómenos como el corporativismo y el centralismo burocrático siguen siendo –y en algunos casos aún más arraigados y fortalecidos- obstáculos infranqueables que se reflejan en los indicadores de calidad educativa, y peor aún, en el nivel que el alumno obtiene y por ende refleja en los diversos campos culturales de interés social y nacional.
El nivel Medio superior viene hacer el preludio entre formación básica y la superior

Dentro del plan y programas de estudio de educación básica en el nivel primario expuesto en el documento que ofrece la Secretaría de Educación Pública, se exponen los lineamientos (propósitos y contenidos académicos) para los seis grados de educación primaria. Establece rasgos centrales que destacan una prioridad más alta al dominio de la lectura, la escritura y la expresión oral. Así mismo, señala que en los dos primeros grados, se dedica al español el 45 por ciento del tiempo escolar con el objeto de asegurar que los discentes logren una alfabetización firme y duradera. Del tercer al sexto grado, la enseñanza del español representa el 30 por ciento de las actividades, pero adicionalmente, así lo establece, se intensifica su utilización sistemática en el trabajo con otras asignaturas. De acuerdo con la redacción del mismo, se establece que el cambio más importante en la enseñanza del español radica en la eliminación del enfoque formalista, cuyo énfasis se situaba en el estudio de “nociones de lingüística” y en los principios de gramática estructural. En los nuevos programas de estudio el propósito central es propiciar que los discentes desarrollen una capacidad de comunicación en la lengua hablada y escrita, en particular que:
a)                  Logren de manera eficaz el aprendizaje inicial de la lectura y escritura.
b)                 Desarrollen su capacidad para expresarse oralmente con claridad, coherencia y sencillez.
c)                  Aprendan a aplicar estrategias adecuadas para la redacción de textos que tienen naturaleza y propósitos distintos.
d)                 Aprendan a reconocer las diferencias entre diversos tipos de texto y a utilizar estrategias apropiadas para su lectura.
e)                  Adquieran el hábito de la lectura y se formen como lectores que reflexionan sobre el significado de lo que leen y puedan valorarlo y criticarlo, que disfruten de la lectura y formen sus propios criterios de preferencia y de gusto estético.
f)                   Desarrollen las habilidades para la revisión y corrección de sus propios textos. Conozcan las reglas, normas de uso de la lengua y las apliquen como un recurso para lograr claridad y eficiencia en la comunicación.
g)                  Sepan buscar información, valorarla, procesarla y emplearla dentro y fuera de la escuela, como instrumento de aprendizaje autónomo.
En cuanto al nivel de educación básica secundaria, además de dar seguimiento a los planes y contenidos del nivel primario, el plan establece un enfoque comunicativo y funcional de enseñanza de la lengua. Señala aspectos metodológicos a través de una propuesta de trabajo basada en el enfoque comunicativo y funcional de enseñanza de la lengua mediante proyectos y sugerencias didácticas.
De lo anterior, podemos establecer que la reforma hecha al plan y programas de estudio en educación básica de la Secretaría de Educación Pública en el año de 1993, existe un marcado énfasis en el interés por un mayor desarrollo en las habilidades comunicativas de los educandos. Ahora bien, partiendo del entendido de que las lenguas humanas no son casi nada fuera de su ámbito natural de uso que es la conversación, la interacción comunicativa, el trato verbal cotidiano, es innegable que aún se sigue olvidando, dentro de la práctica docente, la dimensión primaria del lenguaje, es decir, la dimensión oral; ya que la práctica docente ha dado mucho mayor peso a las excelencias de la expresión escrita y ha descuidado los usos cotidianos del lenguaje, del habla precisa, vivaz y espontánea por considerarla informal y carente de interés. Es innegable que la práctica docente a lo largo de mucho tiempo ha dirigido sus esfuerzos primordialmente a considerar en alto grado a las obras gramaticales, definiendo mayor importancia a la reflexión explícita sobre las unidades y estructuras de la lengua pasando por alto las prácticas de uso, incluso del escrito, y ha sometido a la enseñanza de la lengua a una serie de procedimientos con los cuales la enseñanza de la gramática se ha convertido en un conocimiento desvinculado de la misma lengua y casi nunca ha redundado en la mejora del instrumento expresivo. Ante esta perspectiva es necesario reflexionar sobre la pobreza de los usos lingüísticos en las actividades sobre la lengua en el ámbito de la escuela.
La expresión oral es el instrumento más eficaz con el que cuenta el ser humano para comunicarse. Éste lo aprendemos, de primera mano, en el seno familiar y en el contexto donde nos desarrollamos; el discente cuando llega a la escuela, supone el manejo de competencias comunicativas que le permiten interactuar con su entorno de forma oral, aunque es muy difícil que al llegar al escuela aprenda, con el simple hecho de su interacción social, todos los tipos y funciones del discurso, ya que esto supone una larga preparación en la adquisición de las estrategias discursivas.
Sin duda alguna, es de gran importancia que en la familia y posteriormente en la escuela, se proporcionen las bases para lograr una comunicación de manera eficiente ante un determinado auditorio, puesto que, en muchos casos cuando accedemos a niveles superiores nos enfrentamos a escenarios en donde el pavor al hablar en público limita la interacción efectiva; consecuencia de que no hemos cultivado estrategias eficaces del discurso frente a diversos públicos, teniendo como resultado nefastas experiencias. Es por ello, que la escuela adquiere una gran responsabilidad ante el desarrollo de la expresión oral y el manejo del lenguaje para conocer el entorno en que vivimos y respecto de su interpretación. Por ello, todos los sujetos que estamos involucrados en el proceso de enseñanza-aprendizaje debemos abrir espacios para practicar la expresión oral, con el fin de manejar y mejorar la competencia comunicativa y lograr aprendizajes que tengan la finalidad de desarrollar otras habilidades con el objetivo de fortalecer los intercambios lingüísticos. 
El enfoque comunicativo-funcional pareciera ser la única vía transitable, si de lo que se trata es de evocar y convertir en realidad las capacidades expresivas de los alumnos, de potenciar su competencia comunicativa, de alcanzar una eficacia en la producción de los actos verbales, de reflexionar sobre las inmensas posibilidades de uso de una lengua; pero, ¿cómo llevarlo acabo, de acuerdo con los lineamientos que establece el plan de programas?, ¿qué sugerencias y herramientas proporcionan los programas de estudio, los textos sugeridos y los recursos proporcionados?, ¿es eficiente la o las metodologías que recomienda el plan de estudios?, ¿qué resultados se han obtenido desde la entrada en vigencia del mismo hasta nuestros días? En términos reales ¿qué tan eficiente y funcional es aplicar el mismo programa en todos los contextos socioculturales de los bachilleratos a nivel estatal?
No es exagerado escuchar, a través de diversos medios, la idea de que en esta época el conocimiento es la base de desarrollo y de la expansión de las libertades humanas, por lo que la importancia del aprendizaje humano –de los individuos y de las organizaciones- resulta imprescindible como proceso fundamental que permite la construcción del conocimiento. Las instituciones educativas en un país son la bases sobre las cuales se apoyan las capacidades de las personas para aprender durante toda la vida; y su efectividad es, la de promover el aprendizaje. Estas instituciones son más que sólo enramados organizacionales de centros educativos e instancias administrativas que permiten la provisión de servicios; son un conjunto de significados compartidos –hablamos del terreno cultural-, una forma de entender qué se aprende, quién debe aprender y para qué. Esta cultura se circunscribe en una totalidad en la que se integra el ser humano y así mismo, se extiende a una vasta red de personas interesadas y afectadas por el funcionamiento de tales instituciones. Son, por tanto, los significados compartidos por esta amplia red de personas los que deben perfeccionarse como resultado de la experiencia para que las instituciones educativas aprendan de dichas experiencias. Estos cambios y este perfeccionamiento permiten mejorar las oportunidades educativas para que los estudiantes puedan tener acceso a una mejor calidad de educación. Tamez, Marte y Reimers afirman en Aprender más y mejor[15] que “este aprendizaje en las instituciones educativas demanda crear espacios y mecanismos de evaluación de su desempeño, y que deben ir acompañados de instrumentos para la rendición de cuentas. Adicionalmente, la evidencia que provee la investigación educativa constituye un elemento fundamental para optimizar la toma de decisiones, además de apoyar el diseño, la evaluación y la retroalimentación de políticas y programas sectoriales.”
Como se afirmó con anterioridad, desde el año de 1989 el sistema educativo mexicano ha vivido transformaciones que se mantienen hasta nuestros días. Se percibe una nueva realidad institucional y modificaciones constantes en el currículum y la organización en todas las esferas educativas de nuestro país. Diversos indicadores muestran que ha habido una mejora en cuanto a los rubros en la equidad y eficiencia educativa, pero la calidad aún sigue siendo baja. Por otra parte, en lo que se refiere a reestructuraciones profundas que permitan que los modelos educativos en nuestro país correspondan a una formación educativa autocrítica en todos los niveles así como hacia dentro y fuera de las instituciones, organismos y sociedad en general, dista mucho de ser una realidad. En este sentido, como afirma Carlos Ornelas en Educación Nacional: quince años quince, “no hay ofertas que rompan con la matriz de las reformas”, así mismo, afirma que “en la retórica de las plataformas de los diversos partidos políticos, gobiernos estatales y federal, se vislumbran conflictos donde la educación será prisionera de intereses mezquinos”[16]


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[1] Este trabajo es resultado de las reflexiones literario-filosóficas en las Jornadas Ocléticas llevados a cabo al interior de los talleres de Óclesis durante los meses de enero y febrero de 2012.
[2] Un ejemplo de ello, es la introducción de la educación positivista en México hacia la segunda mitad del siglo XIX, durante la presidencia de Juárez y a cargo de la personalidad de Gabino Barreda. (Barreda, 1997: 16).
[3] Una posible definición de Estado como instrumento de poder político en la sociedad de clases. En los albores de la humanidad, durante el régimen comunal primitivo, los hombres vivían y trabajaban colectivamente; en esa organización social no existían clases. Con la aparición de la propiedad privada y la sociedad se escinde en clases, ya no fue posible mantener esa organización armada de todo el pueblo, debido a que los intereses de las distintas clases dejaron de ser comunes y entraron en conflicto. (Cf. Blauberg, 1992:111-112).
[4] Variedad de la filosofía política nacida en las condiciones del Capitalismo. Sus fuentes ideológicas se encuentran sobre todo en Locke y los ideólogos de la Ilustración Francesa. En los siglos XVII y XVIII el liberalismo representó el programa ideológico de la joven burguesía que combatía contra los restos del Feudalismo y que desempeñó un papel relativamente progresista. El liberalismo proclamaba la protección de los intereses de la propiedad burguesa, la seguridad de la libre empresa, la instauración de los principios de la democracia y la forma republicana de gobierno. (Cf. Blauberg, 1992: 202 - 203).

[5] Espinosa, M. E. (2003). La historia de la Educación en México recogida en un formato innovador. [Reseña del Diccionario de historia de la Educación en México]. Revista Electrónica de Investigación Educativa, 5. Consultado el 13 de abril de 2009 en:
http://redie.uabc.mx/vol5no1/contenido-espinosa.html
[6] En estas circunstancias, la Compañía Lancasteriana perteneciente a la iniciativa privada, resolvió el problema de diferentes formas. Una de ellas fue establecer en la ciudad de México, en 1823, la primera escuela normal que preparaba a los maestros en la técnica y práctica del sistema lancasteriano. Espinosa, M. E. (2003).

[7] Espinosa, M. E. (2003). La historia de la educación en México recogida en un formato innovador. [Reseña del Diccionario de historia de la educación en México]. Revista Electrónica de Investigación Educativa, 5. Consultado el 13 de abril de 2007 en:
http://redie.uabc.mx/vol5no1/contenido-espinosa.html.
[8] Ibidem.

[9] Nos referimos por positivismo al sentido de la doctrina filosófica de A. Comte que niega a estudiar otra realidad que no sea la sensible. Se acepta por realidad lo que estudian las ciencias, principalmente la realidad de la naturaleza y de la sociedad. (Cf; La Educación Positivista en México, Porrúa: 1997: IX).
[10] La Escuela Preparatoria se fundó conforme a la ley del 2 de diciembre de 1867. (Cf; La Educación Positivista en México. Porrúa, 1997: IX).
[11] Comunidad se entiende como un tipo de relación social que está basada en sentimientos subjetivos, de solidaridad, con sentido de pertenencia mutua que origina un inicio de clase social, que va determinando su mundo social y su relación con la producción de significados individuales y colectivos. (Cf. Blauberg, 1992: 56-58)

[12] Supondríamos que esta Ideología Nacional se fundamenta en un sistema de ideas, teorías y puntos de vista políticos, jurídicos, religiosos, éticos, estéticos y filosóficos. (Cf. BLAUBERG, 1992: 179).
[13] Doctor Francisco Larroyo. Miembro del Instituto Internacional de Filosofía. Así mismo es autor, entre otras obras, del texto Introducción a la Filosofía de la Cultura, donde se incluyen las direcciones filosóficas que, hasta el momento, representaban las más recientes en las materias de: el marxismo no ortodoxo, el freudo.marxismo, el Circulo de Franfort, el evolucionismo emergente, el emergentismo cristiano y el estructuralismo. Edit. Porrúa. México, 1981.4ta. edición.
[14] La reforma educativa. Una conjugación entre sujeto y proyecto. Julia Adriana Juárez Rodríguez. http://educacion.jalisco.gob.mx/consulta/educar/14/14Juare.html

[15] REIMERS, 2006:13.

[16] ORNELAS, C. 2006: 56-59.

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