martes, 17 de noviembre de 2020

 

Eximente

La noche asaltó una de las tardes de aquel jardín de hongos y pilares de aserrín. Fueron pasos, pasos de generaciones eternas y sin memoria, pasos rodeados de sonidos equivocados por la alucinación de los ecos, en lenguas diferentes, y traducidos a grafías que hurtaron el alma que nunca existió, pasos amodorrados que me condujeron a los recovecos donde no fui, donde jamás estaré, la noche se hizo día, y luego tarde, y un jardín.

Alguna vez, me detuvo justo frente a la puerta. Sus ojos dibujaron luz, en el principio de todo. Ahí, sólo para ver más allá, donde no hubo nada. El bosque abrió sus ramas para dejar pasar mis brazos y navegar en la miel de las colmenas. Caminar bajo el radiante sol al lado de las veredas, con el fleco de sueños hasta la comisura de los labios, y los dedos envueltos en los bolsillos. Sentir otra vez la vida invadir al cuerpo, sentarse a tomar café y platicar de los peces en la sala, al lado del público y sus otros actores.

El verano llegó, nuestras miradas buscaron más adentro, mucho más adentro. Empezaron a encontrar a los otros, sujetados todos de la mano, en amasijos de colores y formas, en vértices oblicuos que danzan en el aliento. Algunas fuentes se llenaron al tope y se desparramaron para poner verde al pasto que alimenta la conciencia del tiempo. Las olas se hicieron otra vez en la playa y el sol se trenzó en la línea del fondo del mar, hizo el amor y abortó sus fluidos para darle color al cielo de los atardeceres.

La plata se apoderó de las nubes e invadió sus entrañas para hacerlas flotar a la deriva, entre las olas del viento, entre las arrugas del alma… Muchos, siempre muchos besos se enterraron en nuestras pieles y también muchos tiempos se ahogaron entre nuestros cuerpos. Su larga cabellera se expandió por el alba de los sueños para preguntar al hechicero por las caricias, por los cuerpos convertidos en manos, invadiéndose unos a otros, sin regla, sin principio, sin fin, bocas devorando hasta la última caricia olvidada en el más remoto pliegue.

Cuando el otoño llegó y el último amanecer se fue de entre mis brazos la vi partir, arrojarse al vacío, al infinito vacío con las palmas pegadas al pecho y los amaneceres envueltos en un sobre rotulado con besos. Al salir para siempre, se detuvo por un instante en el umbral y musitó palabras ininteligibles. Creí que dijo que yo era suyo, pero no lo sé. Sólo quedaron las tardes de aquel jardín de hongos y pilares de aserrín. Ella, cerró los ojos, se dejó llevar por el viento. Polen, flotaba otra vez.

viernes, 16 de octubre de 2020

Oda a una cáscara de papa

 Primero, trazos que son certezas en un lienzo, en un muro, en los techos que cobijan las ideas.

Después, líneas, volutas, grafitos en el espacio blanco.

Existen nombres, y sistemas, construcciones verticales, crece.

Enmudece mi paranoia si nombrarte pincelea una gramática, entonces el orden, fluye.

En mi sueño te pregunto quién soy Yo ante el milagro, si de mis despojos humanos tú creas vida.


viernes, 9 de octubre de 2020

 

 Esferoide

 

...algo había valido la pena: la foto.

Podría pedirla y regalársela a María en una cajita de colores.

Luis María Davronel.

 Hugo Israel López Coronel

 

Tú primero. La banca puesta al sol, repleta de las sombras de algunos años, se hizo necesaria. Coquita, has caminado por senderos que no se han delimitado en los mapas; ¡no ves que eso es malo!, te puedes perder y luego hay que buscar entre las flechas escasas de sentido. Qué maña la tuya de hacer anagramas cuando la gente transpira ese olor a noción de experta. Ya sabes, una buena plática se inicia con el tema del clima. ¡Todos somos responsables de la catástrofe ecológica! ¡Así eh, con énfasis! ¡Todos somos responsables de la catástrofe ecológica! Ya después puedes ir hilando los otros temas: tráfico, platillos exóticos, recetas para curar enfermedades raras, política; en fin, tú misma te darás cuenta de las palabras que hagan sobremesa. Pero así eh, con énfasis.

Resulta que los edificios presumen sus ventanas a lo largo de la plazuela. ¡Mirarlos!, cuesta más trabajo que contar los pasos que Coquita ha dado a lo largo de su vida. Me encanta el ronroneo de sus tacones, sobre todo cuando saltan la charca para no mojar los holanes. En la esquina, donde dejaron puestos los brazos y las piernas de ambas razas, se agazapan a esperar la caída del sol. Pico, pico, pico y rebota una y otra vez, ¿tú sabes qué comen? Ah, es verdad, tú primero.

...son como Argos con la atribución de juez. Es la verdad. Claro, hay que ser justos y decir que son todos unos conocedores, que aman (y comprenden) lo que para mí es inalcanzable filosofía...

Perdón, creo que debo insistir Coquita y vuelvo a repetirlo, son senderos no delimitados. Ellos siempre llegan a la hora exacta. Pasan a la mesa, degustan los platillos, se envanecen con los altares de su buen gusto y categoría, y por supuesto, la sobremesa es correcto terminarla con chascarrillos que vayan acorde con el marbete de las prendas. Por cierto, noté las nauseas que te hicieron ir al baño, y no fue una vez, déjame decirte, me parece que fueron varias, sobre todo cuando sacaron los trapitos a secar en las fotografías de la primaria. Entendí perfectamente que te quedaras sin nada qué decir, a mí también se me había olvidado todo.

Las varillas que soportaban nuestro peso parecían hundirse en la luz. Coquita seguía caminando entorno a la plazuela. Creo que yo también habría apretado las mandíbulas, los ojos, los puños. ¡Ficción! Tú primero lo dijiste. Entonces: silencio, paz, soledad. Me guardé tus palabras: es extraño ser el que se queda, sentirse como espacio remoto e invisible antes de pensar en marcharse también.

¡Luis! ¡Cuarto para la seis! ¡Ya ves! El pensamiento es el que siempre interrumpe el estadio de lo infinito y lo inmortal. Son tus palabras. Las mías, se callaron cuando Coquita voló al otro lado de la calle. Después, sólo me tuve que marchar.