...algo había valido la pena:
la foto.
Podría pedirla y regalársela a
María en una cajita de colores.
Luis María Davronel.
Resulta que los
edificios presumen sus ventanas a lo largo de la plazuela. ¡Mirarlos!, cuesta
más trabajo que contar los pasos que Coquita ha dado a lo largo de su vida. Me
encanta el ronroneo de sus tacones, sobre todo cuando saltan la charca para no
mojar los holanes. En la esquina, donde dejaron puestos los brazos y las
piernas de ambas razas, se agazapan a esperar la caída del sol. Pico, pico,
pico y rebota una y otra vez, ¿tú sabes qué comen? Ah, es verdad, tú primero.
...son como Argos con la atribución de
juez. Es la verdad. Claro, hay que ser justos y decir que son todos unos conocedores,
que aman (y comprenden) lo que para mí es inalcanzable filosofía...
Perdón,
creo que debo insistir Coquita y vuelvo a repetirlo, son senderos no
delimitados. Ellos siempre llegan a la hora exacta. Pasan a la mesa, degustan
los platillos, se envanecen con los altares de su buen gusto y categoría, y por
supuesto, la sobremesa es correcto terminarla con chascarrillos que vayan
acorde con el marbete de las prendas. Por cierto, noté las nauseas que te
hicieron ir al baño, y no fue una vez, déjame decirte, me parece que fueron
varias, sobre todo cuando sacaron los trapitos a secar en las fotografías de la
primaria. Entendí perfectamente que te quedaras sin nada qué decir, a mí
también se me había olvidado todo.
Las
varillas que soportaban nuestro peso parecían hundirse en la luz. Coquita
seguía caminando entorno a la plazuela. Creo que yo también habría apretado las
mandíbulas, los ojos, los puños. ¡Ficción! Tú primero lo dijiste. Entonces:
silencio, paz, soledad. Me guardé tus palabras: es extraño ser el que se queda,
sentirse como espacio remoto e invisible antes de pensar en marcharse también.
¡Luis!
¡Cuarto para la seis! ¡Ya ves! El
pensamiento es el que siempre interrumpe el estadio de lo infinito y lo
inmortal. Son tus palabras. Las mías, se callaron cuando Coquita voló
al otro lado de la calle. Después, sólo me tuve que marchar.

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