jueves, 4 de febrero de 2021

 

Baby shower


¡Habíamos dicho a las ocho señores!, son casi las nueve, ¿pues a dónde andaban? Inquirió la damita enfrentándonos con su mirada verde, registrando nuestros gestos con una sonrisa suave, ligera, mientras la multitud llenaba, ya, el espacio. 

Empecé por recorrer los objetos, las ropas, los peinados, pero mi amigo me distrajo para ofrecerme un asiento a la diestra de la montaña grande. Fue entonces cuando la vi. En ella, platos y recipientes guardaban aromas y sabores para después de la asamblea. Los panecillos no dejan de ser atractivos para mi vista, se muestran muy propios en los platos barrocos y las soperas apalabradas que se disfrazan de jarros de cartón.

Los invitados al festín, algunos de mole, otros de chorizo y algunos más de mantequilla, esperan por nosotros; las cervezas y refrescos dan el toque de fiesta a ese momento convertido en recuerdo. La habitación se guarda para sí la bella torre de Babel, mi mirada no se retira de aquellos postres en todas las esquinas de la mesa mientras mis oídos almacenan todos los significados que flotan por aquella atmósfera tapizada con dióxido de carbono. Las cortinas permiten entrar más luz de la necesaria.

El turno llega y con cierta vergüenza realizo mi papel en la puesta de escena:

¡No pude ponerle el zapatito al muñeco! (Risillas forzadas). Soporté apenas unas cuantas leyes de las pupilas de los clientes al buffet antes de que mis pestañas corten la imagen de San Cristóbal que ondea en el tragaluz del techo; ellas crujen como suelen hacerlo las ramas con el viento, entonces recordé la oración de la Perfecta: Nosotros, pecadores, animados con tal confianza, acudimos a ti oh Madre, Virgen de las Vírgenes, a ti venimos, delante de ti nos presentamos gimiendo. No quieras, oh Madre, despreciar nuestras súplicas, antes bien escúchalas y cúmplelas. Amén.

Minerva me observa,

finjo divertirme al amparo de su felicidad.

Con una suave música los dedos de mis pies evitan que me fuera de lado, algunas chicas en escotes descomunales lucen sus esbeltas caras, de ésas, de glamour perfumado para una entrega de premios, oscilantes con sus cabelleras delgadas se muestran una a una, algunos tacones y algunas medias, más y más miradas, más y más risas, más y más… panecillos.

Llegaron los regalos, era el momento de la demostración de poderes. Me concentré muy seriamente en las texturas de las cajas, marquesinas con lindos moños, bebés danzando en los planos lisos de las diferentes etiquetas, del azul al rojo y luego al amarillo, sin dejar de lado al rosa y al verde.

Trassss, el primer premio, y la pregunta, -¿Éste de quién es?-  -Ahh, gracias Adelita, en verdad se te agradece-, ¡un mameluco!, ¡un biberón!, ¡un Baby Mink! y ¡chambras!, ¡más chambras! Todas ellas con nombre y apellido, ¿y los panecillos?, los había perdido de vista…

La matriarca empezó con los consejos, -no debes educarlo para la guerra, solito aprenderá-, le dijo al oído mientras Minerva escondía la botella de néctar de la vista del extraño. -¿Me darás mañana tu autorización para enviar todas las indicaciones a los señores piratas de las aguas del norte?, no hace falta la traducción, ellos son políglotas, sabrán descifrar los encantos de mamá-, aseveró la hija con tono cortés.

El viento abrió bruscamente la puerta del fondo dejando pasar una  ráfaga que en instantes invadió la torre de Babel, las lenguas empezaron a impacientarse, el bebé aún no nace y sus pucheros de vientre arrancan del público muestras de cariño; entonces, gritó la gran reina desde su trono al otro lado de la sala, -no puedes comer los panecillos hasta que él nazca-, sus ojos se clavaron profundamente haciéndome recordar la hora de entrada. Recordé que debía regresar a casa… Un velo de alquitrán de fabricación orgánica me detiene. ¡Dios santo!, es ella, la enorme estatua de navidad, ¡cuidadooo!, el Mink está a tus pies y tú has volteado la mirada, y esos son sus piecitos, esas las pantuflas y aquéllos los calcetines, los platos y los vasos, los rubios, los cristales, los espejos, los viajes que amenazo al romper la regla por mirar los panecillos, Minerva me mira nuevamente, giro el cuerpo y derramo las cajas, los escotes gritan, el Babel murmulla, la matriarca vocifera que él no ha nacido y entonces las miradas, los murmullos, los… los... los…

¡Habíamos dicho a las ocho señores! Ahora la sombra del eco cuando el ring, ring, ringggggg me hace reaccionar. El turno llega y con cierta vergüenza realizo mi papel, otra vez, en la puesta de escena.