Baby shower
¡Habíamos dicho a las ocho
señores!, son casi las nueve, ¿pues a dónde andaban? Inquirió la damita
enfrentándonos con su mirada verde, registrando nuestros gestos con una sonrisa
suave, ligera, mientras la multitud llenaba, ya, el espacio.
Empecé por recorrer
los objetos, las ropas, los peinados, pero mi amigo me distrajo para ofrecerme
un asiento a la diestra de la montaña grande. Fue entonces cuando la vi. En
ella, platos y recipientes guardaban aromas y sabores para después de la
asamblea. Los panecillos no dejan de ser atractivos para mi vista, se muestran
muy propios en los platos barrocos y las soperas apalabradas que se disfrazan
de jarros de cartón.
Los invitados al
festín, algunos de mole, otros de chorizo y algunos más de mantequilla, esperan
por nosotros; las cervezas y refrescos dan el toque de fiesta a ese momento
convertido en recuerdo. La habitación se guarda para sí la bella torre de
Babel, mi mirada no se retira de aquellos postres en todas las esquinas de la
mesa mientras mis oídos almacenan todos los significados que flotan por aquella
atmósfera tapizada con dióxido de carbono. Las cortinas permiten entrar más luz
de la necesaria.
El turno llega y con
cierta vergüenza realizo mi papel en la puesta de escena:
¡No pude ponerle el zapatito
al muñeco! (Risillas forzadas). Soporté apenas unas cuantas leyes de las pupilas
de los clientes al buffet antes de que mis pestañas corten la imagen de San
Cristóbal que ondea en el tragaluz del techo; ellas crujen como suelen hacerlo
las ramas con el viento, entonces recordé la oración de la Perfecta: Nosotros, pecadores, animados con tal
confianza, acudimos a ti oh Madre, Virgen de las Vírgenes, a ti venimos,
delante de ti nos presentamos gimiendo. No quieras, oh Madre, despreciar
nuestras súplicas, antes bien escúchalas y cúmplelas. Amén.
Minerva me observa,
finjo divertirme al
amparo de su felicidad.
Con una suave música
los dedos de mis pies evitan que me fuera de lado, algunas chicas en escotes
descomunales lucen sus esbeltas caras, de ésas, de glamour perfumado para una
entrega de premios, oscilantes con sus cabelleras delgadas se muestran una a
una, algunos tacones y algunas medias, más y más miradas, más y más risas, más
y más… panecillos.
Llegaron los
regalos, era el momento de la demostración de poderes. Me concentré muy
seriamente en las texturas de las cajas, marquesinas con lindos moños, bebés
danzando en los planos lisos de las diferentes etiquetas, del azul al rojo y
luego al amarillo, sin dejar de lado al rosa y al verde.
Trassss, el primer
premio, y la pregunta, -¿Éste de quién es?-
-Ahh, gracias Adelita, en verdad se te agradece-, ¡un mameluco!, ¡un
biberón!, ¡un Baby Mink! y ¡chambras!, ¡más chambras! Todas ellas con nombre y
apellido, ¿y los panecillos?, los había perdido de vista…
La matriarca empezó
con los consejos, -no debes educarlo para la guerra, solito aprenderá-, le dijo
al oído mientras Minerva escondía la botella de néctar de la vista del extraño.
-¿Me darás mañana tu autorización para enviar todas las indicaciones a los
señores piratas de las aguas del norte?, no hace falta la traducción, ellos son
políglotas, sabrán descifrar los encantos de mamá-, aseveró la hija con tono
cortés.
El viento abrió bruscamente la puerta del fondo dejando pasar
una ráfaga que en instantes invadió la
torre de Babel, las lenguas empezaron a impacientarse, el bebé aún no nace y
sus pucheros de vientre arrancan del público muestras de cariño; entonces,
gritó la gran reina desde su trono al otro lado de la sala, -no puedes comer
los panecillos hasta que él nazca-, sus ojos se clavaron profundamente haciéndome
recordar la hora de entrada. Recordé que debía regresar a casa… Un velo de
alquitrán de fabricación orgánica me detiene. ¡Dios santo!, es ella, la enorme estatua
de navidad, ¡cuidadooo!, el Mink está a tus pies y tú has volteado la mirada, y
esos son sus piecitos, esas las pantuflas y aquéllos los calcetines, los platos
y los vasos, los rubios, los cristales, los espejos, los viajes que amenazo al
romper la regla por mirar los panecillos, Minerva me mira nuevamente, giro el
cuerpo y derramo las cajas, los escotes gritan, el Babel murmulla, la matriarca
vocifera que él no ha nacido y entonces las miradas, los murmullos, los… los...
los…
¡Habíamos dicho a las ocho señores! Ahora la sombra del eco cuando el ring, ring, ringggggg me hace reaccionar. El turno llega y con cierta vergüenza realizo mi papel, otra vez, en la puesta de escena.

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