Simbiosis
La vida es un valle repleto de follajes caduciformes con ríos perennes por el mito del ciclo acuático, con maizales adictos a la lluvia, flores endebles, pastos crecidos y arrancados solo por pausas, campanarios que replican en la conciencia con el mismo abanico con el que el viento enfría la tierra, y replican en lluvia de botones amarillos por todas partes, replican como las alas en vuelo, replican, los campanarios y lo hacen en imágenes incisivas escasas de horas y convertidas en recuerdos. La vida, es una simple marioneta que teje redes incontables, redes para antifaces que emergen de la luz, del traspatio de los huesos vocingleros de hoscas representaciones inconscientes. Las manos se extienden y el cuello cede en las horas vespertinas. Hay dedos sobre las teclas. Las manecillas han dejado su danza y yacen inconscientes entre los brazos. Ya no es medio día.
Sólo algunas horas pasaron, la cresta había enrojecido, la
luz ahora a contraviento me dejaba existir entre sus ojos, a contraviento
deseaba dormir, descansando aquí, a la orilla de una copa de vino. Ahora puedo
percibir a los viajeros que danzan en el vuelo ligero de la tinta. El vacío
está casi extinto, tengo palabras: puedo ser las alas de la mariposa que reposa
dentro, otra vez muy adentro, o quizá, el talón que tanto deseas; déjame cavar
en los espacios vacíos, en los recovecos que aún no has pensado y que sobran
cuando la brisa se huele con la lengua. Soy tu saliva, las hojas aún se aferran
a pesar del otro viento, el que oscuro en los andamios reposa, soy la saliva
que resbala por tu garganta tragándome contigo. En la espesura, sus mitos
aprisionando los míos. Mis palmas resbalan, froto mis ojos en los suyos, nuevamente
la luz escapa de los vidrios salvando mi piel con la suya. Ahora todo funciona
como si la muerte no existiera... Perdí la llave... Y sabía que ella debía ser.
Ella era tal y como yo la describía, como la soñaba tras la cortina de los
párpados; matutina, suave al roce de las fragancias, magníficamente de piel, de
concierto entre cuerpo y alma, un poco frágil pero construida exactamente bajo
la palabra de mi concierto. Ella diría lo que yo, sin duda alguna, él
escribiría.
María partió después del primer parpadeo. Imaginó las
avenidas como ríos espesos con sus burbujas flotando, con sus rostros neón.
Vagos resquicios quedan cuando se abre la cubierta y el viento nuevo invade
hasta la habitación última. La cresta ahora tan grande como yo, navega por mi sombra,
me custodia hipnotizándome con los susurros de su vientre cuando al alba se
entrega por todo mi cuerpo. Repito su nombre con la explosión de sus dedos
entre los míos. Me carcome los labios y dispone de la materia que ocupa un
lugar en el espacio, en la perspectiva oblicua de mis oídos. No te descubro
aquí, mis ojos deben descender por las letras hasta hallarte en cada uno de los
cuerpos que la tinta esparce. Divago, la luz no funciona, mi mirada se
aletarga, se desvanece.
Ayer llamé a María. Me citó en la sala de mi casa. Prometí
estar. Las olas pasean sobre mi pecho. Las palabras están muy bien acomodadas. El
sabor de sus ojos en mis mejillas me sostiene intacto bajo el incienso de los
labios. La figura de sus caricias gotea en mis ojos y los buques intentan
zarpar a la madrugada justo después de la primera hora. El tren vuelve a
anunciar la salida en la velada, es el último, no habrá otro.
Llegué a la hora convenida en la cita. Las cortinas recorridas
dejan en su lugar los mares y las tierras, los ceniceros impecables, ausentes
de miedo, el polvo tan esparcido e inerte con sus brazos inasibles y frágiles,
extendidos por la bóveda sin rostro. El color de la habitación abre agujeros
pequeños donde jamás se ha puesto el sol, hay recovecos para las matrices
deseosas de figuras de hielo y galletas de horno. La lámpara se mantiene en
pie. Me siento de frente a la puerta en espera mientras los pensamientos
galopan. El veneno del ruido inicia su trabajo. Me hundo en el asiento y olvido
la distancia que existe entre mis pies y el suelo, entre la tinta y el papel.
Entonces cerré los ojos sin darme cuenta. ¿Cómo podía decirle que yo era el
narrador? Escribió mi historia con sus versos y me dio el sí, pero nunca me
nombró. Continué siendo el que describe a Cresta y María, y también a él.
La muerte ha
vengado por mucho tiempo a la vida, a mi vida. El actor abandona a su personaje
y cambia de piel. Este es el final, así lo ha decidido. Puso el punto, dobló la
hoja en dos partes y acomodó la copia en la carpeta. En el sobre de envío ha
puesto el apartado postal y el título de la obra, de él sobresalen las flores a
contraviento; y eso, a pesar de lo tupido de los campos con su color violeta.
Algún día nunca le dije de mí, de mi espalda plana, de mi ser. En la lejanía se
detiene, se escurre en la marea de la noche y hace cantos sobre la piel de los
árboles, anida y reproduce la vida. Entonces, un valle repleto de follajes
caduciformes dibujan la marioneta. Las manos se extienden y el cuello cede otra
vez. Ya no hay dedos sobre las teclas ni manecillas inconscientes entre los
brazos. Ahora, ya no es medio día.