jueves, 21 de mayo de 2026

 

En este momento alguien está mintiendo: Panorama de la desinformación científica en México

 

A manera de Introducción: La verdad amenazada en la era de la información


Vivimos en una paradoja histórica sin precedentes: nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca antes había sido tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. En pleno siglo XXI, cuando la ciencia ha logrado secuenciar el genoma humano, desarrollar vacunas en tiempo récord y conectar a miles de millones de personas a través de redes digitales, una amenaza silenciosa y persistente corroe los cimientos del conocimiento compartido: la desinformación científica.

                                                                                                                                                                          Fuente de imagen: Adobe Stock.

En este momento, mientras usted lee o escucha estas líneas, alguien está mintiendo. Lo hace en una pantalla, en un audio de WhatsApp, en un cartel pegado en la esquina de una colonia, en un meme que viaja de teléfono en teléfono con la velocidad de un rumor. Y lo hace, muchas veces, con éxito.

La desinformación no es un fenómeno nuevo. Como señalan Trent et al. (2008, citados en Aranda-Andrade et al., 2022), la propaganda y la desinformación tienen un origen que se remonta al nacimiento de la propia especie, aunque su alcance y velocidad de propagación han cambiado radicalmente con el aumento de la población y la mejora de las comunicaciones. Lo que sí es radicalmente nuevo es el ecosistema en que esta desinformación prospera: el entorno digital, las redes sociodigitales y la arquitectura de plataformas diseñadas para maximizar el compromiso de informar, aunque muchas veces no la veracidad.

La desinformación científica —aquella que distorsiona, falsifica o niega deliberadamente el conocimiento producido por la ciencia— resulta particularmente dañina porque ataca la base misma sobre la que las sociedades modernas toman decisiones colectivas en materia de salud pública, política ambiental, educación, políticas públicas, gobernanza y tecnología. Cuando se difunde que una vacuna causa autismo, que el cambio climático es un invento político o que un remedio casero cura el cáncer, las consecuencias no se quedan en el plano de la opinión: se traducen en muertes evitables, en epidemias que reaparecen, en políticas públicas basadas en mentiras.

El problema se extiende tanto en los entornos digitales como en los medios analógicos tradicionales. Si bien las redes sociales han amplificado la velocidad y el alcance de la desinformación de manera exponencial, sería un error desestimar los canales clásicos: la televisión de baja credibilidad, las publicaciones de pseudociencia en papel, los vendedores de remedios milagrosos en mercados y ferias, la transmisión oral de creencias sin fundamento. La desinformación viaja por todos los canales posibles y se adapta a cada uno de ellos con una plasticidad desconcertante.

Para México, país con enormes desigualdades en el acceso a la educación de calidad y con una larga tradición de desconfianza hacia las instituciones, el problema adquiere dimensiones particularmente preocupantes. La desinformación científica no es solo un problema de medios de comunicación: es un problema de salud pública, de democracia y de justicia social.

El mapa de la mentira. Datos y rostros de la desinformación científica en México

El panorama global como contexto

Para comprender la magnitud del problema en México, es necesario primero situar el fenómeno en su dimensión global. El Global Risks Report 2024 del Foro Económico Mundial, elaborado con base en las opiniones de más de 1,400 expertos en riesgos globales, responsables políticos y líderes del sector encuestados en 2023, identificó la información errónea y la desinformación como los mayores riesgos a corto plazo para la humanidad, por encima del cambio climático, los conflictos armados y la inestabilidad económica (Foro Económico Mundial, 2024). Este dato no es menor: significa que la comunidad experta internacional considera que vivimos una crisis epistémica de primera magnitud, una crisis de la verdad que amenaza la estabilidad de las democracias y la cohesión de las sociedades.

En América Latina, la situación es igualmente alarmante. De acuerdo con el estudio Fake news - Desinformación en Chile y LatAm, realizado por la empresa Activa en colaboración con la Worldwide Independent Network of Market Research (WIN), que entrevistó a 6,049 participantes en ocho países entre octubre y diciembre de 2022, el 73% de los encuestados consideró que la desinformación en las noticias es un problema importante en su país (Activa/WIN, 2022, citados en Statista, 2024). El mismo estudio reveló que un porcentaje significativo de latinoamericanos se enfrenta a noticias engañosas o falsas todos o casi todos los días.

En el caso específico de México, la Universidad Nacional Autónoma de México ha señalado que el país cuenta con una capacidad media-alta para propagar noticias falsas, situándose a la par de naciones como Brasil, Turquía y Reino Unido, y siendo considerado entre los mejor posicionados en cuanto a organización, difusión y penetración de información falsa, con las redes sociodigitales como el nicho perfecto para crear campañas de desinformación (Hernández-Pérez, 2021, UNAM).

La infodemia: el caso paradigmático de la COVID-19

El ejemplo más dramático y reciente de desinformación científica a escala masiva fue la infodemia asociada a la pandemia de COVID-19. La Organización Mundial de la Salud acuñó este término para describir la sobreabundancia de información —tanto correcta como incorrecta— que se produjo simultáneamente a la emergencia sanitaria. La OMS documentó que la infodemia resultó tan peligrosa como la propia enfermedad, pues impedía que las personas encontraran fuentes confiables y orientaciones basadas en evidencia científica cuando más las necesitaban (Organización Mundial de la Salud, 2020).

En México, la desinformación relacionada con la COVID-19 alcanzó niveles particularmente preocupantes. Se difundieron ampliamente curas falsas y sitios web engañosos que crearon un falso sentido de seguridad en la población y llevaron a muchas personas a evitar medidas preventivas eficaces (García-Marín & Merino-Ortego, 2022, citados en Reyes-García et al., 2024). A través de plataformas como WhatsApp, Telegram, Instagram y Twitter (ahora X) circularon afirmaciones de que las vacunas contra el COVID-19 generaban graves efectos secundarios, contenían microchips para espiar a la población o alteraban el material genético de quienes las recibían (Agencia Reuters, citada en Ámbito, 2021).

Las consecuencias fueron concretas y medibles. Según declaraciones del entonces subsecretario de Salud Hugo López-Gatell en julio de 2021, más del 97% de las personas hospitalizadas por COVID en ese momento eran personas que no se habían vacunado (López-Gatell, 2021, citado en Ámbito, 2021). Un sondeo de la firma Consulta Mitofsky reveló que, entre principios y finales de julio de 2021, el porcentaje de mexicanos que no quería vacunarse creció del 2.9% al 7.2%, un incremento que coincidió con el pico de circulación de desinformación en redes sociales sobre los efectos adversos de las vacunas (Consulta Mitofsky, 2021, citado en Ámbito, 2021). Un estudio global de Facebook y la Universidad de Maryland concluyó, por su parte, que el 11.4% de los mexicanos declaraba que no se vacunaría (Facebook/Universidad de Maryland, 2021, citado en Ámbito, 2021).

El movimiento antivacunas: desinformación con historia y consecuencias

La desinformación sobre vacunas no nació con la pandemia. Su genealogía moderna se remonta a 1998, cuando la revista The Lancet publicó un estudio —que años después sería retirado por fraudulento— en el que se afirmaba que la vacuna triple viral estaba relacionada con casos de autismo en niños menores de cinco años. Aunque la información fue desmentida en 2004 y el artículo retirado de la publicación, el daño ya estaba hecho: el movimiento antivacunas había encontrado su bandera científica, y la mentira ya había recorrido el mundo mucho antes de que la verdad pudiera alcanzarla (Expomedhub, 2019).

En México, las consecuencias de esta corriente de desinformación se hicieron patentes incluso antes de la pandemia. En 2019, la Secretaría de Salud registró 20 casos de sarampión, de los cuales la mitad de los pacientes no estaban vacunados. El Boletín Epidemiológico de la dependencia documentó al menos 500 personas contagiadas de sarampión por contacto con esos casos importados (Secretaría de Salud, 2019, citada en Expomedhub, 2019). El subsecretario Hugo López-Gatell advirtió ese año que las coberturas de vacunación habían descendido al 70%, cuando la cifra necesaria para mantener la inmunidad de rebaño es del 95% (López-Gatell, 2019, citado en Expomedhub, 2019). La OMS había declarado a México libre de sarampión en la década de los noventa, y desde 2006 no se había registrado un solo caso autóctono: la desinformación estaba revirtiendo décadas de trabajo en salud pública.

Investigadores del Colegio Nacional han documentado los mitos más difundidos en México sobre las vacunas: que contienen elementos tóxicos como chips, mercurio, RNA y DNA que cambian el material genético; que causan autismo, síndrome de muerte súbita y esclerosis múltiple; que con higiene las vacunas no son necesarias; y que si los demás niños ya están vacunados, no es necesario vacunar a los propios hijos (El Colegio Nacional, 2025).

Los canales de la mentira: digitalidad y medios análogos

La desinformación científica no fluye por un solo canal. En el entorno digital, las redes sociodigitales han encontrado una particular forma de comunicación que facilita la propagación de contenidos falsos por la velocidad, cantidad y variedad de tipos de información que se recibe, siendo complejo percibir la veracidad del mensaje (Arjona et al., 2024). Los memes, en particular, funcionan como vectores privilegiados de desinformación científica: mediante mensajes satíricos y con sentido humorístico reflejan hechos de la vida cotidiana, propiciando una empatía que facilita la aceptación acrítica de su contenido.

Sin embargo, la desinformación no se limita al mundo digital. En México, los medios análogos —radio comunitaria, televisión de señal abierta con bajo rigor editorial, publicaciones de medicina alternativa, la transmisión oral en comunidades con bajo acceso a internet— siguen siendo canales activos de propagación de información científica falsa. La omisión deliberada de información también juega un papel fundamental: cuando un medio resalta ciertos datos y silencia otros por interés particular, está contribuyendo a la desinformación tanto como quien fabrica una noticia falsa (Arjona et al., 2024).

El entorno de las redes sociales presenta además el problema de los algoritmos de recomendación, diseñados para maximizar el tiempo de permanencia de los usuarios en las plataformas, lo que favorece los contenidos que generan reacciones emocionales intensas —entre los cuales la desinformación científica alarmista ocupa un lugar privilegiado— por encima de los contenidos veraces pero menos impactantes. Como ha señalado el Secretario General de Naciones Unidas, las empresas de tecnología deben dejar de amplificar y beneficiarse de la difusión de desinformación y otros contenidos dañinos (Naciones Unidas en México, 2024).

 

A manera de Conclusión: Construir la verdad es una tarea colectiva

La desinformación científica no es una fuerza natural incontrolable, ni el producto inevitable del progreso tecnológico. Es el resultado de decisiones humanas —de quienes producen, amplifican y monetizan la mentira— pero también de omisiones colectivas: de sistemas educativos que no han enseñado a pensar críticamente, de instituciones que no han sabido comunicar la ciencia de manera accesible, de ciudadanos que comparten sin verificar, de gobiernos que han instrumentalizado la duda científica para sus propios fines.

Frente a este panorama, las alternativas existen y son múltiples. Se trata de una responsabilidad distribuida entre ciudadanos, instituciones educativas, medios de comunicación, plataformas tecnológicas y gobiernos.

En primer lugar, la alfabetización mediática e informacional (AMI) se perfila como la respuesta estructural más poderosa. La UNESCO promueve activamente en México, a través de la Red AMI México, el desarrollo de competencias que permitan a la ciudadanía acceder, analizar y evaluar contenidos de manera crítica y reflexiva (UNESCO, 2024). Esta red es un proyecto colaborativo entre instituciones, academia y organizaciones de la sociedad civil —entre las que se cuenta la BUAP— orientado a combatir la desinformación y los discursos de odio. Como ha señalado la UNAM, existen tres maneras de luchar contra la desinformación: "educación, educación y educación" (Marván Laborde, citado en UNAM, 2024). Incorporar la AMI desde la educación básica hasta la universidad es una tarea impostergable.

En segundo lugar, los medios de comunicación —tanto digitales como analógicos— tienen la responsabilidad de fortalecer sus prácticas de verificación de hechos (fact-checking). Varios medios y redes sociodigitales han comenzado a desarrollar estrategias para la verificación de noticias, creando equipos especializados encargados de confirmar y comprobar datos para detectar errores, imprecisiones y mentiras (Aranda-Andrade et al., 2022). En México, iniciativas como Verificado, Animal Político y otros medios independientes han apostado por este modelo, que debe ser fortalecido y multiplicado.

En tercer lugar, las plataformas tecnológicas tienen una responsabilidad que no puede seguir siendo evadida. La OPS ha señalado explícitamente que la desinformación es una de las amenazas más graves para la salud pública, y ha trabajado con empresas como X, Google y Facebook para garantizar que los mensajes sanitarios con fundamento científico aparezcan en primer lugar en las búsquedas de información (Organización Panamericana de la Salud, 2021). Los Estados, por su parte, deben impulsar marcos regulatorios que exijan transparencia algorítmica y responsabilidad editorial a las plataformas, sin caer en la tentación de instrumentalizar esa regulación para silenciar la disidencia legítima.

En cuarto lugar, la comunidad científica mexicana tiene el deber ético de salir de sus torres de marfil y comunicar sus hallazgos de manera accesible, honesta y constante. La ciencia que no llega a la gente cede el espacio a la pseudociencia. Instituciones como la UNAM, el IPN, el SECIHTI (antes Conacyt) y el Colegio Nacional tienen plataformas y autoridad moral para desmentir la desinformación científica con datos, con claridad y con presencia permanente en los espacios donde la gente busca respuestas.

Finalmente, cada ciudadana y ciudadano puede convertirse en un nodo de resistencia frente a la mentira. Verificar antes de compartir, consultar fuentes primarias, desconfiar de las soluciones milagrosas y de los mensajes que explotan el miedo o la indignación, y educar con el ejemplo en los propios entornos familiares y comunitarios son actos políticos de primera magnitud en la era de la infodemia. Como ha alertado el Informe de Riesgos Globales 2025 del Foro Económico Mundial, la desinformación figura entre las principales amenazas que enfrentaremos en los próximos cinco años (Foro Económico Mundial, 2025, citado en Excélsior, 2025). Pero las amenazas pueden enfrentarse. La verdad, aunque llegue cojeando, siempre llega.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias

Activa Research & Worldwide Independent Network of Market Research (WIN). (2022). Fake news - Desinformación en Chile y LatAm. Statista. https://es.statista.com/grafico/31618/

Arjona, M., Agramón, J., & Lechuga, J. (2024). La desinformación en la percepción de los usuarios de internet. Revista Saber, Ciencia y Libertad, 19(2), 143–165. https://doi.org/10.18041/2382-3240/saber.2024v19n2.11507

Aranda-Andrade, M. et al. (2022). Noticias falsas en tiempos de la posverdad. Andamios. Revista de Investigación Social, 19(50), 89–114. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-49112022000200089

El Colegio Nacional. (2025, 26 de mayo). México, de ejemplo en vacunación a escasez de vacunas y regreso de enfermedades. https://colnal.mx/noticias/mexico-de-ejemplo-en-vacunacion-a-escasez-de-vacunas-y-regreso-de-enfermedades/

Excélsior. (2025, 3 de noviembre). Alfabetización mediática en México. Excélsior. https://www.excelsior.com.mx/opinion/london-eye/alfabetizacion-mediatica-en-mexico/1749334

Expomedhub. (2019). Grupos antivacunas ponen en riesgo salud de México. https://www.expomedhub.com/nota/sistemas-de-salud/antivacunas-riesgo-salud-mexico

Foro Económico Mundial. (2024). Global Risks Report 2024. World Economic Forum. https://www.weforum.org/publications/global-risks-report-2024/

García-Marín, D., & Merino-Ortego, M. (2022). Desinformación científica en Iberoamérica durante la COVID-19. Citados en: Reyes-García, C. et al. (2024). Desinformación digital y democracia en Iberoamérica: retos y oportunidades de la Lex Criptográfica. Comunicación y Sociedad, 2024. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-51362024000100015

Hernández-Pérez, J. (2021). México tiene capacidad media para propagar noticias falsas. Dirección General de Comunicación Social, UNAM. https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2021_937.html

Marván Laborde, M. (2024). Alfabetización mediática contra la desinformación. Coordinación para la Igualdad de Género, UNAM. https://coordinaciongenero.unam.mx/2024/06/alfabetizacion-mediatica-contra-la-desinformacion/

Naciones Unidas en México. (2024). Acciones contra la desinformación en tiempos electorales. https://mexico.un.org/es/269499-acciones-contra-la-desinformación-en-tiempos-electorales

Organización Mundial de la Salud (OMS). (2020). Aplanemos la curva de la infodemia. https://www.who.int/es/news-room/spotlight/let-s-flatten-the-infodemic-curve

Organización Panamericana de la Salud (OPS). (2021, 21 de abril). La desinformación alimenta las dudas sobre las vacunas contra la COVID-19, según la Directora de la OPS. https://www.paho.org/es/noticias/21-4-2021-desinformacion-alimenta-dudas-sobre-vacunas-contra-covid-19-segun-directora-ops

Secretaría de Salud de México. (2019). Boletín Epidemiológico. Citado en: Expomedhub. (2019). Grupos antivacunas ponen en riesgo salud de México.

UNESCO. (2024). Red para la Alfabetización Mediática e Informacional en México (Red AMI México). https://www.unesco.org/es/articles/red-para-la-alfabetizacion-mediatica-e-informacional-en-mexico