En este momento alguien está mintiendo: Panorama de la desinformación científica en México
A
manera de Introducción: La verdad amenazada en la era de la información
Vivimos en una paradoja histórica sin precedentes: nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca antes había sido tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. En pleno siglo XXI, cuando la ciencia ha logrado secuenciar el genoma humano, desarrollar vacunas en tiempo récord y conectar a miles de millones de personas a través de redes digitales, una amenaza silenciosa y persistente corroe los cimientos del conocimiento compartido: la desinformación científica.
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En
este momento, mientras usted lee o escucha estas líneas, alguien está
mintiendo. Lo hace en una pantalla, en un audio de WhatsApp, en un cartel
pegado en la esquina de una colonia, en un meme que viaja de teléfono en
teléfono con la velocidad de un rumor. Y lo hace, muchas veces, con éxito.
La
desinformación no es un fenómeno nuevo. Como señalan Trent et al. (2008,
citados en Aranda-Andrade et al., 2022), la propaganda y la desinformación
tienen un origen que se remonta al nacimiento de la propia especie, aunque su
alcance y velocidad de propagación han cambiado radicalmente con el aumento de
la población y la mejora de las comunicaciones. Lo que sí es radicalmente nuevo
es el ecosistema en que esta desinformación prospera: el entorno digital, las
redes sociodigitales y la arquitectura de plataformas diseñadas para maximizar
el compromiso de informar, aunque muchas veces no la veracidad.
La
desinformación científica —aquella que distorsiona, falsifica o niega
deliberadamente el conocimiento producido por la ciencia— resulta
particularmente dañina porque ataca la base misma sobre la que las sociedades
modernas toman decisiones colectivas en materia de salud pública, política
ambiental, educación, políticas públicas, gobernanza y tecnología. Cuando se
difunde que una vacuna causa autismo, que el cambio climático es un invento
político o que un remedio casero cura el cáncer, las consecuencias no se quedan
en el plano de la opinión: se traducen en muertes evitables, en epidemias que
reaparecen, en políticas públicas basadas en mentiras.
El
problema se extiende tanto en los entornos digitales como en los medios
analógicos tradicionales. Si bien las redes sociales han amplificado la
velocidad y el alcance de la desinformación de manera exponencial, sería un
error desestimar los canales clásicos: la televisión de baja credibilidad, las
publicaciones de pseudociencia en papel, los vendedores de remedios milagrosos
en mercados y ferias, la transmisión oral de creencias sin fundamento. La
desinformación viaja por todos los canales posibles y se adapta a cada uno de
ellos con una plasticidad desconcertante.
Para
México, país con enormes desigualdades en el acceso a la educación de calidad y
con una larga tradición de desconfianza hacia las instituciones, el problema
adquiere dimensiones particularmente preocupantes. La desinformación científica
no es solo un problema de medios de comunicación: es un problema de salud
pública, de democracia y de justicia social.
El
mapa de la mentira. Datos y rostros de la desinformación científica en México
El
panorama global como contexto
Para
comprender la magnitud del problema en México, es necesario primero situar el
fenómeno en su dimensión global. El Global Risks Report 2024 del Foro
Económico Mundial, elaborado con base en las opiniones de más de 1,400 expertos
en riesgos globales, responsables políticos y líderes del sector encuestados en
2023, identificó la información errónea y la desinformación como los mayores
riesgos a corto plazo para la humanidad, por encima del cambio climático, los
conflictos armados y la inestabilidad económica (Foro Económico Mundial, 2024).
Este dato no es menor: significa que la comunidad experta internacional
considera que vivimos una crisis epistémica de primera magnitud, una crisis de
la verdad que amenaza la estabilidad de las democracias y la cohesión de las
sociedades.
En
América Latina, la situación es igualmente alarmante. De acuerdo con el estudio
Fake news - Desinformación en Chile y LatAm, realizado por la empresa
Activa en colaboración con la Worldwide Independent Network of Market Research
(WIN), que entrevistó a 6,049 participantes en ocho países entre octubre y
diciembre de 2022, el 73% de los encuestados consideró que la desinformación en
las noticias es un problema importante en su país (Activa/WIN, 2022, citados en
Statista, 2024). El mismo estudio reveló que un porcentaje significativo de
latinoamericanos se enfrenta a noticias engañosas o falsas todos o casi todos
los días.
En
el caso específico de México, la Universidad Nacional Autónoma de México ha
señalado que el país cuenta con una capacidad media-alta para propagar noticias
falsas, situándose a la par de naciones como Brasil, Turquía y Reino Unido, y
siendo considerado entre los mejor posicionados en cuanto a organización,
difusión y penetración de información falsa, con las redes sociodigitales como
el nicho perfecto para crear campañas de desinformación (Hernández-Pérez, 2021,
UNAM).
La
infodemia: el caso paradigmático de la COVID-19
El
ejemplo más dramático y reciente de desinformación científica a escala masiva
fue la infodemia asociada a la pandemia de COVID-19. La Organización
Mundial de la Salud acuñó este término para describir la sobreabundancia de
información —tanto correcta como incorrecta— que se produjo simultáneamente a
la emergencia sanitaria. La OMS documentó que la infodemia resultó tan
peligrosa como la propia enfermedad, pues impedía que las personas encontraran
fuentes confiables y orientaciones basadas en evidencia científica cuando más
las necesitaban (Organización Mundial de la Salud, 2020).
En
México, la desinformación relacionada con la COVID-19 alcanzó niveles
particularmente preocupantes. Se difundieron ampliamente curas falsas y sitios
web engañosos que crearon un falso sentido de seguridad en la población y
llevaron a muchas personas a evitar medidas preventivas eficaces (García-Marín
& Merino-Ortego, 2022, citados en Reyes-García et al., 2024). A través de
plataformas como WhatsApp, Telegram, Instagram y Twitter (ahora X) circularon
afirmaciones de que las vacunas contra el COVID-19 generaban graves efectos
secundarios, contenían microchips para espiar a la población o alteraban el
material genético de quienes las recibían (Agencia Reuters, citada en Ámbito,
2021).
Las
consecuencias fueron concretas y medibles. Según declaraciones del entonces
subsecretario de Salud Hugo López-Gatell en julio de 2021, más del 97% de las
personas hospitalizadas por COVID en ese momento eran personas que no se habían
vacunado (López-Gatell, 2021, citado en Ámbito, 2021). Un sondeo de la firma
Consulta Mitofsky reveló que, entre principios y finales de julio de 2021, el
porcentaje de mexicanos que no quería vacunarse creció del 2.9% al 7.2%, un
incremento que coincidió con el pico de circulación de desinformación en redes
sociales sobre los efectos adversos de las vacunas (Consulta Mitofsky, 2021,
citado en Ámbito, 2021). Un estudio global de Facebook y la Universidad de
Maryland concluyó, por su parte, que el 11.4% de los mexicanos declaraba que no
se vacunaría (Facebook/Universidad de Maryland, 2021, citado en Ámbito, 2021).
El
movimiento antivacunas: desinformación con historia y consecuencias
La
desinformación sobre vacunas no nació con la pandemia. Su genealogía moderna se
remonta a 1998, cuando la revista The Lancet publicó un estudio —que
años después sería retirado por fraudulento— en el que se afirmaba que la
vacuna triple viral estaba relacionada con casos de autismo en niños menores de
cinco años. Aunque la información fue desmentida en 2004 y el artículo retirado
de la publicación, el daño ya estaba hecho: el movimiento antivacunas había
encontrado su bandera científica, y la mentira ya había recorrido el mundo
mucho antes de que la verdad pudiera alcanzarla (Expomedhub, 2019).
En
México, las consecuencias de esta corriente de desinformación se hicieron
patentes incluso antes de la pandemia. En 2019, la Secretaría de Salud registró
20 casos de sarampión, de los cuales la mitad de los pacientes no estaban
vacunados. El Boletín Epidemiológico de la dependencia documentó al menos 500
personas contagiadas de sarampión por contacto con esos casos importados
(Secretaría de Salud, 2019, citada en Expomedhub, 2019). El subsecretario Hugo
López-Gatell advirtió ese año que las coberturas de vacunación habían
descendido al 70%, cuando la cifra necesaria para mantener la inmunidad de
rebaño es del 95% (López-Gatell, 2019, citado en Expomedhub, 2019). La OMS
había declarado a México libre de sarampión en la década de los noventa, y
desde 2006 no se había registrado un solo caso autóctono: la desinformación
estaba revirtiendo décadas de trabajo en salud pública.
Investigadores
del Colegio Nacional han documentado los mitos más difundidos en México sobre
las vacunas: que contienen elementos tóxicos como chips, mercurio, RNA y DNA
que cambian el material genético; que causan autismo, síndrome de muerte súbita
y esclerosis múltiple; que con higiene las vacunas no son necesarias; y que si
los demás niños ya están vacunados, no es necesario vacunar a los propios hijos
(El Colegio Nacional, 2025).
Los
canales de la mentira: digitalidad y medios análogos
La
desinformación científica no fluye por un solo canal. En el entorno digital,
las redes sociodigitales han encontrado una particular forma de comunicación
que facilita la propagación de contenidos falsos por la velocidad, cantidad y
variedad de tipos de información que se recibe, siendo complejo percibir la
veracidad del mensaje (Arjona et al., 2024). Los memes, en particular,
funcionan como vectores privilegiados de desinformación científica: mediante
mensajes satíricos y con sentido humorístico reflejan hechos de la vida
cotidiana, propiciando una empatía que facilita la aceptación acrítica de su
contenido.
Sin
embargo, la desinformación no se limita al mundo digital. En México, los medios
análogos —radio comunitaria, televisión de señal abierta con bajo rigor
editorial, publicaciones de medicina alternativa, la transmisión oral en
comunidades con bajo acceso a internet— siguen siendo canales activos de
propagación de información científica falsa. La omisión deliberada de
información también juega un papel fundamental: cuando un medio resalta ciertos
datos y silencia otros por interés particular, está contribuyendo a la
desinformación tanto como quien fabrica una noticia falsa (Arjona et al.,
2024).
El
entorno de las redes sociales presenta además el problema de los algoritmos de
recomendación, diseñados para maximizar el tiempo de permanencia de los
usuarios en las plataformas, lo que favorece los contenidos que generan
reacciones emocionales intensas —entre los cuales la desinformación científica
alarmista ocupa un lugar privilegiado— por encima de los contenidos veraces
pero menos impactantes. Como ha señalado el Secretario General de Naciones
Unidas, las empresas de tecnología deben dejar de amplificar y beneficiarse de
la difusión de desinformación y otros contenidos dañinos (Naciones Unidas en
México, 2024).
A
manera de Conclusión: Construir la verdad es una tarea colectiva
La
desinformación científica no es una fuerza natural incontrolable, ni el
producto inevitable del progreso tecnológico. Es el resultado de decisiones
humanas —de quienes producen, amplifican y monetizan la mentira— pero también
de omisiones colectivas: de sistemas educativos que no han enseñado a pensar
críticamente, de instituciones que no han sabido comunicar la ciencia de manera
accesible, de ciudadanos que comparten sin verificar, de gobiernos que han
instrumentalizado la duda científica para sus propios fines.
Frente
a este panorama, las alternativas existen y son múltiples. Se trata de una
responsabilidad distribuida entre ciudadanos, instituciones educativas, medios
de comunicación, plataformas tecnológicas y gobiernos.
En
primer lugar, la alfabetización mediática e informacional (AMI) se perfila como
la respuesta estructural más poderosa. La UNESCO promueve activamente en
México, a través de la Red AMI México, el desarrollo de competencias que
permitan a la ciudadanía acceder, analizar y evaluar contenidos de manera
crítica y reflexiva (UNESCO, 2024). Esta red es un proyecto colaborativo entre
instituciones, academia y organizaciones de la sociedad civil —entre las que se
cuenta la BUAP— orientado a combatir la desinformación y los discursos de odio.
Como ha señalado la UNAM, existen tres maneras de luchar contra la
desinformación: "educación, educación y educación" (Marván Laborde,
citado en UNAM, 2024). Incorporar la AMI desde la educación básica hasta la universidad
es una tarea impostergable.
En
segundo lugar, los medios de comunicación —tanto digitales como analógicos—
tienen la responsabilidad de fortalecer sus prácticas de verificación de hechos
(fact-checking). Varios medios y redes sociodigitales han comenzado a
desarrollar estrategias para la verificación de noticias, creando equipos
especializados encargados de confirmar y comprobar datos para detectar errores,
imprecisiones y mentiras (Aranda-Andrade et al., 2022). En México, iniciativas
como Verificado, Animal Político y otros medios independientes han apostado por
este modelo, que debe ser fortalecido y multiplicado.
En
tercer lugar, las plataformas tecnológicas tienen una responsabilidad que no
puede seguir siendo evadida. La OPS ha señalado explícitamente que la
desinformación es una de las amenazas más graves para la salud pública, y ha
trabajado con empresas como X, Google y Facebook para garantizar que los
mensajes sanitarios con fundamento científico aparezcan en primer lugar en las
búsquedas de información (Organización Panamericana de la Salud, 2021). Los
Estados, por su parte, deben impulsar marcos regulatorios que exijan
transparencia algorítmica y responsabilidad editorial a las plataformas, sin
caer en la tentación de instrumentalizar esa regulación para silenciar la
disidencia legítima.
En
cuarto lugar, la comunidad científica mexicana tiene el deber ético de salir de
sus torres de marfil y comunicar sus hallazgos de manera accesible, honesta y
constante. La ciencia que no llega a la gente cede el espacio a la
pseudociencia. Instituciones como la UNAM, el IPN, el SECIHTI (antes Conacyt) y
el Colegio Nacional tienen plataformas y autoridad moral para desmentir la
desinformación científica con datos, con claridad y con presencia permanente en
los espacios donde la gente busca respuestas.
Finalmente,
cada ciudadana y ciudadano puede convertirse en un nodo de resistencia frente a
la mentira. Verificar antes de compartir, consultar fuentes primarias,
desconfiar de las soluciones milagrosas y de los mensajes que explotan el miedo
o la indignación, y educar con el ejemplo en los propios entornos familiares y
comunitarios son actos políticos de primera magnitud en la era de la infodemia.
Como ha alertado el Informe de Riesgos Globales 2025 del Foro Económico
Mundial, la desinformación figura entre las principales amenazas que
enfrentaremos en los próximos cinco años (Foro Económico Mundial, 2025, citado
en Excélsior, 2025). Pero las amenazas pueden enfrentarse. La verdad, aunque
llegue cojeando, siempre llega.
Referencias
Activa
Research & Worldwide Independent Network of Market Research (WIN). (2022). Fake
news - Desinformación en Chile y LatAm. Statista.
https://es.statista.com/grafico/31618/
Arjona,
M., Agramón, J., & Lechuga, J. (2024). La desinformación en la percepción
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Aranda-Andrade,
M. et al. (2022). Noticias falsas en tiempos de la posverdad. Andamios.
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